Lea River: el “otro” río perdido

Hace un par de días, en el artículo referente al barrio de Clerkenwell, hacía mención de uno de los ríos perdidos de Londres: el Fleet. Y no solo eso, sino que hace muchos más días, meses diría yo, escribí un artículo refiriéndome pues eso, a los ríos perdidos de la capital británica. Son muchos la verdad, y cada uno con su historia. Una historia que, por otra parte, no hace más que despertar la curiosidad de mucha gente que se pregunta qué ha sido de ellos y cómo es posible que se hayan perdido, no solo en las entrañas de la ciudad, sino en la memoria de los londinenses.

Sin embargo, tan preocupados estamos a veces por el pasado, que descuidamos el presente de manera descarada. Y es que con la misma historia en sus lindes que el Fleet, Tyburn, Walbrook y compañía solo que fluyendo todavía a cielo abierto, está el río Lea, al este de la ciudad. Quizá tan al este como para que muchos y muchas ni se percaten de su existencia. Pero la realidad, es que este río es, (muy) por detrás del Támesis, el más importante de los que todavía cruzan la ciudad de Londres.

Rezumando en alguna ladera cercana a Luton, en una zona de colinas conocida como las Chilterns, el Lea comienza su andadura precipitándose en dirección sureste hasta llegar al condado de Hertfordshire, el cual atraviesa de norte a sur a través de una zona de humedales y lagos varios conocida como Lee (he aquí otra manera de escribir el nombre del río) Valley Park. Este parque natural, inaugurado en 1967, se extiende desde el ya citado condado de Hertfordshire hasta la misma desembocadura del río, en Trinity Buoy Wharf, cerca de la estación del DLR de East india.

Una de las características de este parque, es que desde el año 1993, los caminos que discurren por las orillas del río se han adecuado de tal manera que es posible circular con una bici desde el mismo Luton hasta la desembocadura del río. Esto, unido a que el Lee Valley White Water Centre fue designado en su día como sede para las pruebas de canoa en las Olimpiadas que se nos vienen encima, hizo que me animase hace unos días, y me diese un garbeo a ver como estaba la zona algunos meses antes de que se ponga de bote en bote.

Para empezar, el recorrido es un recorrido de contrastes. Tan pronto se encuentra uno con humedales y lagos de lo más salvajes, como que atraviesa zonas industriales con un paisaje (y un olor) ciertamente desagradable. Sin duda, el paseo gana enteros según vamos dejando atrás la ciudad.

Aquel día, y puesto que estaba con fuerzas, me propuse llegar hasta Broxbourne, una ciudad en el corazón del parque regional, y que siempre me había llamado la atención viéndola desde el tren que se dirige a Stansted. Para ello, comencé mi periplo a la altura de Springfield Park, un parque de coloridos jardines (no en estas fechas) en el barrio de Clapton. Desde aquí se accede fácilmente a la zona del recorrido llamada Walthamstow Marshes (pantanos de Walthamstow), una porción de tierra al este del río llena de humedales y desde donde, en el año 1909, se realizó el primer vuelo a motor en la historia de Inglaterra. Una placa azul colocada junto a un puente que cruza uno de los caminos, nos recuerda los hechos.

Desde aquí en dirección norte, el camino, algo estrecho a veces (cuidado no caerse al río), discurre sobre una planicie pura y dura. Vamos, que se agradece la ausencia de cuestas de importancia. Y todo sin perder de vista los pantanos, que se suceden uno tras otro hasta donde alcanza la vista.

Un par de millas después, digamos que a partir de la estación de tren de Angel Road, el recorrido se afea considerablemente, ya que atravesamos el cinturón industrial londinense con sus fábricas y polígonos industriales. Sin embargo, a partir de la esclusa de Enfield (las distintas etapas del camino vienen definidas por la distancia entre esclusa y esclusa), todo vuelve a la normalidad y, una vez crucemos por debajo de la M25, nos encontraremos de lleno en el Lee Valley Regional Park, justo al lado de una población llamada Cheshunt.

A estas alturas poco nos separa ya de Broxbourne, y la ruta que nos espera es una maravilla, en plena naturaleza y envueltos por una calma que solo se ve interrumpida por el graznido de algún ave. Llama, además, la atención, la cantidad de embarcaciones que descansan en las orillas del río.

Broxbourne nos recibe pues, con una entrada llena de pequeños canales y caídas de agua, que se concentran en un punto de nombre “The Old Mill”, es decir, “El viejo molino”. Y nunca mejor dicho, ya que este molino de agua es una auténtica reliquia, llevando en su emplazamiento original desde hace más de 900 años. Sin duda, una de las principales atracciones de esta pequeña ciudad dormitorio que cuenta con el honor de poseer la imprenta de prensa más grande del mundo. Aquí se imprimen cada día “The Sun”, “The Times” y, en su día, también el “News of the World”.

Otro de los hitos más destacados en Broxbourne es la iglesia de St. Augustine, reconstruida en el siglo XV aunque con un par de siglos más de anigüedad.

Llegados hasta aquí lo mejor es ir a comer algo, y disfrutar del Lee Valley Park con tranquilidad, ahora que no está tan solicitado como presumiblemente lo estará según se acerque al verano. Un parque que por cierto no está exento de curiosidades, y sino, echad un ojo a esta noticia en la que una extraña criatura (se cree que es un cocodrilo pero nadie lo sabe con certeza) tiene algo preocupados a los organizadores de las pruebas de canoa tras presenciar como la fauna local ha ido desapareciendo en los últimos años, algunos de ellos “siendo súbitamente tragados por las aguas en una fracción de segundo”. ¡Una razón más para no caerse al río!

·Llegados a este punto, y ya que hoy es 24 de Diciembre, no puedo sino desearos una feliz noche a todos, allá donde estéis, tanto si habéis conseguido volver a casa u os toca pasar las fiestas fuera. Sea como sea, pasadlo lo mejor posible, y os deseo, de corazón, una feliz Navidad.

Clerkenwell: entre spas y tabernas

Al norte del mercado de Smithfield, más allá de los dominios del Lord Mayor y por ende de su jurisprudencia por definición, la City, se extiende el barrio conocido como Clerkenwell, un pedazo de historia a menudo ensombrecido por sus vecinas King’s Cross y Angel. Una historia donde se mezclan a partes iguales un pasado eclesiástico y la existencia de numerosos manantiales que fueron convertidos en spas donde los londinenses del siglo XVIII venían a relajarse en sus ferruginosas aguas.

De lo primero, no queda mucho más que lo que podemos ver en otros barrios de Londres. Si acaso, un buen puñado de parroquias y pequeñas iglesias entre las que destaca la iglesia de St.James, del año 1792.

Aunque sin duda, no podemos hablar de este barrio perteneciente al distrito de Islington, sin mencionar a la orden de St. John, una orden de caballería fundada a mediados del siglo XIX en el mismo Clerkenwell, y que fijó su sede junto a la “Puerta de St. John” (St. John’s Gate), en un edificio que hasta entonces servía como taberna (“Old Jerusalem Tavern”) y que en el pasado formaba parte de la entrada sur al priorato de los Caballeros de St. John.

A día de hoy, St. John’s Gate es la única superviviente de aquel priorato, y todavía se mantiene como sede de la orden de St. John, cuyo museo se encuentra justo bajo la puerta, y cuyo símbolo y escudo sonará a más de uno ya que se puede ver en multitud de ambulancias (St. John Ambulance) que pertenecen a la asociación y que se dedican a realizar obras de caridad.

Otro indicativo del monástico pasado de Clerkenwell, es la existencia del pozo de Clerks (en inglés Clerks’ Well)y que como os habréis imaginado sirve para dar nombre a este barrio que puede presumir de ser uno de los que más bicicletas por habitante tiene en la ciudad de Londres. El pozo de Clerk, se encuentra en Farringdon Lane, justo al lado del City Pride pub, y dado que está situado dentro de unas oficinas, si queremos visitarlo tendremos que concertar una visita de antemano poniéndonos en contacto con el centro de historia de Islington. Sin embargo, si lo que queremos es simplemente echar un vistazo, con asomarnos por la ventana nos bastará. Este pozo, era uno de los incontables manantiales de la zona, y su existencia se remonta hasta como mínimo la alta Edad Media, de donde provienen los primeros escritos que hablan de su existencia.

Placa junto al Clerks' Well donde se puede leer de manera errónea "barrio de Finsbury", el cual ya no existe como tal llamándose Islington desde el año 1965.

Aunque si Clerks’ Well fue importante, no lo fueron menos otros manantiales de la zona. Hay que tener en cuenta, que nos encontramos al lado de Farringdon Road, o lo que es lo mismo, al este del otrora valle del Fleet, uno de los ríos perdidos de Londres, y que cruzaba la ciudad desde los altos de Hampstead Heath donde nacía (y nace, aunque ya no fluya sobre tierra) hasta su desembocadura en el Támesis junto a Blackfriars. De aquí pues, la predominancia de aguas subterráneas en la zona.

Caminando hacia el norte por Farringdon Road, antes de cruzarnos con otro de los ya mencionados manantiales, y si dirigimos la vista hacia la derecha, daremos con Exmouth Market un mercadillo callejero situado en la calle del mismo nombre.

Dejando a un lado Exmouth Market y subiendo por King’s Cross Road, justo enfrente del hotel Travelodge, tenemos lo que en su día fue Bagnigge Wells, uno de los spas más famosos del siglo XVIII, y por cuyos jardines fluía el ya citado río Fleet para deleite de los londinenses que se desplazaban hasta el lugar. Nada o casi queda ya de estos baños, salvo una inscripción en una de las viviendas en donde se hace referencia a “The Pinder a Wakefeilde”, un pub de la zona inaugurado en el año 1517 y que hace quince fue renovado y renombrado como “The Water Rats”.

Más al norte si cabe, casi llegando a King’s Cross, y si miramos con atención a nuestra izquierda, nos toparemos con un pequeñísimo callejón llamado St. Chad’s Place, y que en su día nos guiaba hasta St.Chad’s spa, otro de los manantiales de la zona y que fue destruido por completo tras la construcción de la línea de metro Hammersmith&City, a finales del siglo XIX.

Entrada a St. Chad's Place

Con St. Chad’s spa, hemos llegado al final de nuestro recorrido por aquellos manantiales que en su día inundaron (nunca mejor dicho) esta zona, y de los cuales hoy no queda ni uno. Sin embargo, y para que veáis que no todo es historia en Clerkenwell, vamos a hacer un repaso final por otro de los elementos que más abundan, ahora sí, a día de hoy, por las calles de este céntrico barrio de la capital. Porque si a los londinenses del siglo XVIII les gustaba mojarse de cuerpo entero, a los del siglo XXI con mojarse el gaznate les basta. Y es que, mientras otros barrios adolecen de falta de bares, pubs o tabernas, Clerkenwell tiene para exportar, algunos de ellos convertidos en gastropubs y otros con historias de lo más curiosas.

·The Coach and Horses (Ray Street): si antes hablábamos del Fleet, este lugar es parada obligatoria, ya que en días lluviosos, si nos situamos junto a una alcantarilla enfrente del mismo, podremos oír el río fluir bajo nuestros pies.

·The Fox and Anchor (Charterhouse Street): sin duda uno de los mejores gastropubs que he visitado en Londres. A little bit pricey (un poco carero) como dirían por aquí pero es uno de los pocos (por no decir el único) en los que la cocina es auténticamente inglesa (para lo bueno y para lo malo), por no hablar de las cervezas, todas elaboradas en Londres.

·The Castle (Cowcross Street): curiosa historia la de este sitio. Si os fijáis bien, justo sobre la entrada podemos ver tres bolas doradas colgando. Como algunos  sabréis, esto simboliza que el lugar en cuestión hace las veces de casa de empeños. La explicación de porqué un pub tradicional ejerció en su día funciones de prestamista se remonta al siglo XVIII. Según cuenta la leyenda, el por aquel entonces rey, Jorge IV, se encontraba en la taberna disfrutando con el resto de paisanos de una pelea de gallos. Al ir a pagar una de sus consumiciones, se encontró con que no tenía dinero, por lo que ofreció al tabernero su reloj de oro para que se lo tasase y le diera la parte equivalente en efectivo. El tabernero rehusó, esgrimiendo que no podía ya que no disponía de la licencia correspondiente, a lo que el rey, seguramente algo achispado contestó: “¿Y para qué estoy yo aquí sino? ¡Ahora mismo te proporciono una!”. Y efectivamente así lo hizo. No hace falta decir que el propietario del pub no tardó en usar el hecho como reclamo para clientes, proclamando que se trataba del único pub del mundo con licencia para préstamos. A día de hoy sin embargo, me consta que prefieren dinero como forma de pago.

Imagen de The Castle en la que se pueden apreciar las tres bolas doradas, a la derecha del escudo del pub

Aparte de estos tres, otros pubs que merecen una visita serían “The Jerusalem Tavern” (Britton Street); “The Slaughtered Lamb” (Great Sutton Street);  “The Exmouth Arms” (en Exmouth Market); “The Apple Tree” (Mount Pleasant Street); o el ya mencionado “The City Pride” (Farringdon Lane).

Christmas shopping: lo mejor de cada casa

¿Shopping centres?, ¿outlets?,¿high-street?, ¿boxpark? Efectivamente las Navidades ya están a la vuelta de la esquina y tarde o temprano tendremos que salir de casa y dirigirnos a alguna de estas zonas con nombres tan llamativos como incomprensibles (a veces). Aquí te ayudamos a resolver el jeroglífico.

Que poca vergüenza. Más de un mes desde el último post y yo tan pancho. Tanto tiempo ha pasado que sin comerlo ni beberlo nos hemos plantado pues eso, a un par de semanas del comienzo oficial de la Navidad. Porque oficiosamente, las Navidades comenzaron hace ya tiempo, con el alumbrado de calles y plazas, así como con la ornamentación de viviendas y espacios públicos con motivos navideños. Tiempo en el que además, los más previsores hicieron seguro acopio de regalos evitándose así prisas de última hora. Sin embargo aquí estamos el resto, la gran mayoría, todavía a verlas venir y dando gracias a los dioses del consumismo por permitir a los comercios abrir hasta bien entrada la noche del 24 de Diciembre (o del 5 de Enero en España).

A estas alturas del mes de Diciembre, cuando el invierno meteorológico parece resistirse a entrar de una vez, la ciudad ya se muestra en todo su esplendor navideño. Ni más ni menos que desde el 1 de Noviembre llevan las luces en Oxford Street recordándonos que la Navidad se acerca (aunque quedasen casi dos meses), y lo mismo se puede decir de las aledañas Regent Street, St. Christopher’s Place o la pintoresca Carnaby Street.

A estas alturas también, miles de personas se han dejado ya caer por el tan popular Christmas Market (Winter Wonderland) de Hyde Park, un mercadillo navideño inspirado en los mercados alemanes tradicionales y que, a mi parecer, cada año va ampliando su superficie de tal manera que a este paso, para finales de esta década, es posible que abarque la completa extensión del parque (estoy siendo irónico, no vayáis por ahí a contar que para 2020 habrá un Winter Wonderland del tamaño de Hyde Park).

Y desde luego, a estas alturas, los grandes centros de peregrinaje para los compradores con experiencia y paciencia (véase Westfield), deben ya estar sacándose como mínimo más de un millón de libras al día de beneficio. Y es que el nuevo Westfield abierto en Stratford (junto al parque Olímpico) no es moco de pavo. Se trata del mayor centro comercial de Europa y es el equivalente en el este de la ciudad a su hermano mayor (por edad que no por tamaño) del oeste, el famoso Westfield de White City.

En resumen, monumentos al consumismo exacerbado que cada día son visitados por miles de personas, y que, como es de imaginar, durante estas fechas se encuentran haciendo su Agosto. Es curioso cómo cambian los hábitos y las personas. Personalmente, cuando vivía en España, recuerdo que cuando inauguraban un nuevo centro comercial, me solía dejar caer por allí en compañía de mis amigos o mi hermana simplemente por ver que se cocía. Con el tiempo, esa práctica, así como muchas otras, no solo me parece aburrida sino que además no le veo ningún sentido. Así que como no tengo ni tiempo ni ganas todavía no me he pasado a visitar a nuestro amigo Westfield de Stratford por lo que no puedo opinar con cierto criterio sobre el mismo, aunque salvo por dimensiones, no creo que sea un lugar que vaya a sorprenderme en absoluto.

Uno de los muchos anuncios publicitando el nuevo Westfield

Aunque basada en el mismo principio mercantilista, sigo prefiriendo para mis compras navideñas lo que aquí denominan high-street, es decir, un término que hace referencia a esas arterias comerciales existentes en toda gran ciudad y que concentran la mayor cantidad de tiendas, firmas y marcas, especialmente en lo que a ropa y calzado se refiere.

No es por lo tanto ningún misterio que la high-street de Londres sea la celebérrima Oxford Street y alrededores, con Regent Street, Bond Street o Carnaby Street a la cabeza, aunque podríamos añadir la zona de Covent Garden como una high-street secundaria. Personalmente, y como ya he dicho antes, prefiero esto a los grandes centros comerciales ya que para mí tiene mucho más encanto pasear por calles como Portal de l’Ángel en Barcelona o Preciados en Madrid y disfrutar de la decoración que exhiben en estas fechas.

Shopping centres y high-street aparte, los más intrépidos pueden aventurarse en el mundo de los outlets, tan extendidos y populares en los Estados Unidos donde muchos de los visitantes de ciudades como Nueva York dedican un día en exclusivo para desplazarse hasta alguno de los muchos que rodean a la ciudad, y que ofrecen productos de primeras marcas a precios reducidos, bien porque pertenecen a otra temporada, bien porque tienen algún defecto de fabricación.

Aunque no tan populares en el Reino Unido como al otro lado del charco, sin duda existe un outlet que nada tiene que envidiar a sus hermanos norteamericanos. Se trata del Bicester Village Shopping Centre, en la ciudad de Bicester. Más de 3 millones de personas lo visitan al año, lo que lo convierte en una atracción turística más, y su popularidad parece extenderse más allá de los límites de Albion. Para más inri (y comodidad de potenciales compradores), un autobús llamado “The Shopping Express” te lleva desde Londres hasta el outlet por 23 libras ida y vuelta.

Para terminar nuestro modesto recorrido por las distintas zonas comerciales de la capital, y ya que nos encontramos en Londres, no podía faltar la opción más alternativa, aquella que por su diseño y originalidad se distingue de las otras, mucho más clásicas. Y para ello nos desplazamos a la zona de Shoreditch, donde hace apenas una semana se inauguró el tan publicitado  BoxPark, un nuevo concepto en el que los comercios se encuentras emplazados en “módulos”, los cuales se pueden transportar de un lugar a otro, haciendo que la ubicación de las mismas sea diferente cada día, aunque de momento no se hayan planteado el moverse de Shoreditch High Street. Esta facilidad de movimiento hace que este espacio haya sido bautizado como el primer pop-up mall del mundo.

Shopping centres, outlets y en definitiva tiendas y más tiendas que contribuyen a esta locura navideña en la que las autoridades recomiendan controlarse a la hora de ingerir alcohol pero en la que nadie habla de controlarse a la hora de gastar dinero, especialmente ahora con la que está cayendo. Personalmente, este año me encuentro un poco vago, y creo que optaré por la opción fácil, esto es, comprar mis regalos online a través de Amazon. Mucho más cómodo, y sin tener que pasarme horas en una cola junto a otras treinta personas esperando a que nos procesen en una caja. Eso sí, si alguien opta por la opción Amazon, cuidadito con la facilidad de pagar con tarjeta online. Eso, sin duda, sí que es peligroso.

Más información:

http://uk.westfield.com/stratfordcity/

http://www.oxfordstreet.co.uk/

http://www.bicestervillage.com/

http://www.boxpark.co.uk/

http://www.amazon.co.uk/

Los orígenes del Black Cab

 Los términos ciudad y transporte, han ido siempre de la mano desde tiempo inmemorial, o más bien, desde que las primeras se expandieron de tal manera, que fue necesario el desarrollo de distintos medios de desplazamiento que de alguna manera acortasen las distancias y los tiempos que se tardaba en recorrerlas. Lo del transporte público ya vendría más tarde, cuando los ayuntamientos crearon redes de transporte con servicios regulares y con precios al alcance de todos (o casi). Sin embargo hasta entonces, solo los más pudientes, que eran los menos, se podían permitir el cruzar la ciudad de cabo a rabo, o, ya centrándonos en el caso de la ciudad de Londres, cruzar el Támesis rápidamente en una de las docenas de embarcaciones que se apostaban en las orillas del río y que al grito de “Oars!”, acudían prestas a realizar un servicio que solía costar de media unos 6 chelines.

Mucho han cambiado las cosas y a día de hoy, no hay ciudad en el mundo que no cuente con una extensa red de transporte público, ya sean autobuses, tranvías, trenes o el tan popular metro. Distintos medios de transporte que por otra parte, y en muchos casos, se han convertido en un atractivo turístico más de la ciudad en cuestión. Y si no que se lo pregunten a los que visitan Venecia, a ver quién no ha tenido como mínimo la intención de subirse a una góndola. ¿Y qué me decís de los tranvías en ciudades como Lisboa o San Francisco? ¿Y los populares taxis de Nueva York? ¡Pero si hasta en Mijas, una ciudad de Málaga, el medio de transporte más popular y principal atractivo turístico son los burrotaxis, una especie de carrozas tiradas por burros!

En fin, de todo hay en la viña del Señor, y Londres no es una excepción. Empezando por la red de metro, un símbolo de la ciudad y cuyo diseño ha inspirado innumerables souvenirs. O por ejemplo los autobuses de dos plantas, los cuales, aunque no son exclusivos de la ciudad de Londres, casi siempre son asociados con la misma. Y al final de la lista, pero no menos importantes, encontramos los famosos black cabs de Londres, es decir, los taxis de la capital con ese diseño tan particular.

Y es de la historia de estos últimos de lo que quiero hablar hoy, aunque para eso habrá que remontarse a los tiempos de Isabel I de Inglaterra, allá por el siglo XVI. Por aquel entonces, las dimensiones de la ciudad hacían que todavía fuera posible el recorrerla a pie, así que solo aquellos que contaban con más recursos, se podían permitir el tener su propio carruaje para desplazamientos. Sin embargo, en el año 1600, el Lord Mayor (el alcalde de la City of London) prohibió los espectáculos teatrales en la City, por lo que las compañías se movieron a las poblaciones de alrededor, más en concreto a Shoreditch y Southwark. Fue en este momento, en el que la gente empezó a desplazarse al exterior, cuando se empezaron a desarrollar los precursores de los taxis londinenses: los hackney coaches. Para aquel que no lo sepa, aún a día de hoy los taxis londinenses son denominados oficialmente hackney carriages. El término “hackney” proviene del vocablo francés “haqueneé”, que define a un caballo de alquiler.

Imagen (algo borrosa) de uno de los primeros Hackney coaches

El negocio de los hackney coaches se desarrolló a una velocidad mareante, tanto es así, que en apenas 50 años el consistorio londinense emitió una orden mediante la cual se instaba a los conductores de estos desfasados taxis a sacarse una licencia, lo cual permitiría al ayuntamiento regular una industria que empezaba a escaparse a su control. La primera licencia fue expedida alrededor del año 1660 y para el año 1711 ya se contaban más de 800 licencias solo en la City. Estas costaban 5 peniques por semana, y solo algunas permitían al titular circular durante los Domingos.

Por aquel entonces, y ya hablamos del siglo XVIII, una carrera desde Westminster hasta St. Paul nos costaría unos 18 chelines, mientras que desplazarnos desde Gray’s Inn (detrás de Chancery Lane) hasta el teatro Sadler’s Wells nos saldría por apenas un chelín.

Sin embargo, aunque cada vez más numerosos, los hackney coaches no gozaban de muy buena fama. Primero, porque la mayoría de las veces se encontraban en un estado deplorable, siendo temidos como foco de infecciones. Y segundo, porque habían hecho que el tráfico en la ciudad se volviese caótico, ruidoso y por lo general una pesadilla para el resto de conductores y transeúntes. Con este vídeo nos podemos hacer una idea del caos circulatorio imperante en el Londres de hace un par de siglos.

El siglo XIX trajo consigo ciertas mejoras, al menos en lo que al aspecto de los carruajes se refiere. Por ejemplo, en el año 1823 se introdujo en las calles londinenses un nuevo modelo importado desde Francia llamado Cabriolet, y que rápidamente se volvió bastante popular por su diseño y rapidez. Es de este término francés del que deriva la palabra “cab”, el término más usado en nuestros días.

No sería hasta principios del siglo XX que los londinenses verían circular por sus calles los primeros black cabs a motor. Desde entonces, más de 50 modelos distintos han transportado a londinenses y turistas por las calles de la ciudad hasta nuestros días, en los que el modelo TX4 es sin duda el más abundante. Muchos de ellos, además, mostrando en su exterior publicidad de lo más variopinta.

Por lo tanto, un medio de transporte que, y como el resto, se ha mostrado siempre en continua evolución, además de ser parte inherente de la historia de la ciudad. Y ya que hablamos de medios de transporte y evolución, no hay que olvidar que en apenas dos meses, veremos circular por las calles de Londres el nuevo modelo de autobús de dos plantas. Con un diseño bastante moderno, estos nuevos autobuses rendirán su pequeño homenaje al Routemaster original, dejando para eso la parte trasera abierta como se estilaba hace unos 40 años. Aquí os dejo un enlace como adelanto de lo que veremos circulando a partir de Enero.

New Bus for London

“Bicicleando” por Epping Forest

Cuando uno se encuentra en medio de una gran ciudad, rodeado de edificios, vehículos circulando a gran velocidad y toda la parafernalia tipo semáforos, letreros luminosos y demás que componen el paisaje urbano típico, lo más seguro es que no se pare a pensar en que pueda existir otra realidad distinta a esa.

Y no es que no sepamos que existe vida más allá de los límites de la metrópoli, lo que pasa es que el mundo de hormigón y asfalto, con sus prisas y obligaciones, nos atrapa de tal manera en sus entrañas que a veces parecemos estar viviendo en una burbuja autárquica, sin apenas relación con el exterior.

Pero la verdad es que el exterior existe, por muy grande que sea la ciudad, y, al menos de momento, los espacios abiertos siguen ganando en extensión a los espacios urbanos en todo el planeta.

Londres, aunque pueda parecer muy grande (que lo es), también tiene sus límites. Aunque claro, una ciudad de estas dimensiones no se acaba con un punto y final, o con una muralla que la separe del entorno que la rodea. No. Más bien se difumina poco a poco en el paisaje boscoso, salpicando las colinas y esplanadas de pequeños edificios, como si se resistiese a una muerte inevitable. Pues bien, es en esa zona de nadie, cuando la urbe exhibe el poco ladrillo que le queda y la naturaleza empieza a mostrarse cada vez más insultante, donde se encuentran muchas de las mejores reservas naturales de la ciudad, como los conocidos Hampstead Heath o Richmond Park.

Sin embargo, la reserva más grande de todas, y sin embargo mucho menos conocida, es la que se encuentra al Noreste de la ciudad, en los límites de la misma con el condado de Essex. Se trata de la reserva natural de Epping Forest, un bosque con más de mil años de antigüedad con lagos y pantanos por doquier y en donde las palabras calma, paz y relajación fluyen por sus riachuelos o yacen en sus pistas y caminos.

Una delicia para los sentidos que además, en estas fechas, se muestra mucho más llamativa si cabe, con un despliegue de amarillos y ocres que acentúan el sentimiento otoñal que de entrada  aportan la multitud de hojas en el suelo y sus caminos embarrados.

Con esas, ayer me decidí a acercarme por la zona e intentar conocer de primera mano lo que antes solo había visto en fotografías. He de decir, además, que en esta ocasión me desplacé hasta allí vía bicicleta, un poco de locura teniendo en cuenta que me esperaban más de 30 kilómetros entre la ida y la vuelta (y sin contar, que no me lo esperaba, con el aguacero que me cayó a la vuelta), aunque una vez allí mereció la pena, ya que la extensión del parque es tal, que de haber ido andando no hubiera visto ni la mitad de lo que vi.

De todas formas, para el que se decida a ir en metro, la mejor parada es Loughton en la Central Line, y desde ahí  caminad por Forest Road que os llevará directamente al corazón del bosque. Además, esta misma zona de Loughton, parece ser la más interesante para parar a comer, ya que cuenta con multitud de establecimientos (a tener en cuenta la diferencia de precios con el centro de Londres) y con más de un pub con bastante encanto en las lindes del bosque.

Por mi parte, entre que me perdí y di más vueltas que un tiovivo, llegué poco antes de la hora de la comida, pero eso sí, me dio tiempo de sobra a pasearme durante unas dos horas por la reserva, la verdad sin rumbo fijo, pero con la esperanza de que cuando me decidiera a volver encontraría el camino de vuelta. Durante ese par de horas me tropecé con todo tipo de paisajes, desde granjas donde el ganado (unas vacas de tamaño considerable) andaba suelto, hasta pequeños valles que, según leí más tarde, tienen su origen en la época glacial. Por sus valles en forma de uve, también me topé con numerosos jinetes. Esto, y la gran cantidad de marcas de herraduras en el barro, me hace pensar (que listo soy), que los paseos a caballo están a la orden del día en el parque. Todo este sube y baja, en donde a ratos el amarillo de las hojas reposando en el suelo hacía daño a la vista, me dio un poco de hambre, así que decidí bajarme a Loughton a comer. Una visita rápida, sí, pero que pienso repetir con más calma, y, a ser posible, mirando la predicción del tiempo antes de salir de casa. Por aquello de no volver hecho una sopa.

Algunas fotos de mi otoñal periplo…

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La vida pasa. Como las nubes

La vida pasa para todos, y al final, nadie es ajeno a los cambios, a veces para bien, a veces para mal, que la vida trae consigo.

Hace ya unos nueve meses que comencé a escribir este blog, colaborando así con esta empresa y haciendo mío su objetivo: enseñar un Londres diferente a las muchas personas que lo visitan cada año, y, navegando por sus calles, sus gentes, y su historia, sacar a la luz las pequeñas joyas que la ciudad atesora.

Lamentablemente, el crecimiento inevitable de esta joven empresa, hace que uno tenga que centrarse en asuntos más relevantes y deje de lado otros aspectos, que, por otra parte, son los que más le llenan al final del día.

Este blog, es un claro ejemplo, y como muchos habéis notado, durante las últimas semanas me he mostrado más ausente de lo que me hubiera gustado. Desde aquí gracias a todos por vuestros mensajes de apoyo y si hay algo que quiero dejar claro es que el blog no va a cerrar ni mucho menos, aunque si me veré obligado a escribir con menos frecuencia que en meses anteriores.

Eso sí, ya que lo haré en pequeñas dosis, que por lo menos sea trayendo propuestas de calidad. Como la que os traigo hoy.

Hace un par de días tuve la oportunidad de asistir al aniversario de un colectivo que en poco tiempo ha crecido como la espuma en los aledaños de Kingsland Road, cerca de la estación de Overground de Dalston Junction.

Se trata de la agrupación de artistas Passing Clouds, cuyos headquarters se encuentran cerca de la citada calle, para ser más exactos, en una pequeña warehouse en el número 1 de Richmond Road.

Dicho colectivo aboga por un desarrollo sostenible y por un futuro mejor para todos a través de la mezcla de culturas (Londres es quizá el lugar idóneo para esto) y de la expresión artística. Es por eso que ofrecen su local como plataforma para numerosos artistas locales, y que usan sus escenarios, paredes o salas para expresarse y mostrar a la gente sus creaciones, dándoles así una oportunidad que de lo contrario se les negaría. Es posible que el trillado, mega turístico y overrated Café 1001 de Bricklane comenzase como algo así hace tiempo.

De todas las actividades que se programan a diario en esta sala de dos plantas llevada casi en exclusiva por voluntarios, una de las que más sorprende por lo general, es la que se lleva a cabo los Domingos a partir de las seis y media de la tarde, y a la que como he dicho, tuve el placer de asistir hace un par de tardes.

Y es que los Domingos se organiza la llamada The People’s  Kitchen, una jornada en la que cualquiera puede participar, y en la que el objetivo es el de enseñar cómo realizar una buena gestión de los recursos alimenticios. Para ello, se recolectan todos los excedentes de comida de ese día provenientes de los restaurantes y comercios de la zona, y con ellos se cocinan distintos platos que a partir de las seis y media como ya he dicho, se ofrecerán a cualquiera que se pase por allí, de forma totalmente gratuita, aunque se incita a los comensales a ofrecer una donación que por lo que yo vi, raramente excedía las dos libras. Vamos, que puedes ir allí a comer por la cara.

Una vez acabada la cena (durante la cual nos ofrecieron champán y cerveza de jengibre), y una vez el personal había terminado de recoger (aquí cada uno lava su plato), se despejó el escenario y dio comienzo una sesión de jamming, en esta ocasión con músicos africanos como protagonistas, que acercaron sus cantos, danzas e instrumentos a nosotros, los fríos europeos.

Una velada por lo tanto que mereció la pena, no solo por la comida, que estaba bastante bien, sino por compartirla con toda la gente interesante que allí conocí, y formando parte de una idea que, si bien parece un poco obsoleta y con olor a naftalina, hace que uno se sienta bien pensando en que puede haber un mundo mejor.

Aquí os dejo un par de enlaces…

 http://www.passingclouds.org/

http://thepeopleskitchen.org/

…y algunas fotos:

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·Y para demostrar que los esfuerzos tienen su recompensa, la web de viajes Tripadvisor ha reconocido a London Incognito con el Certificado de Excelencia turística para este año 2011, el cual luce lustroso en nuestras oficinas. Gracias a todos los que ya habéis descubierto Londres de una forma diferente y os habéis molestado en dejar vuestros comentarios en dicha web. Y sobre todo, gracias a Julie Miquerol, sin la que nada de esto habría sido posible.

Londres y la mafia

Desde finales del siglo XIX, la historia de numerosos barrios londinenses ha estado ligada durante muchos años a distintas asociaciones de mafiosos que practicaban delitos como la extorsión, el fraude, la falsificación de divisa o las peleas ilegales y que se lucraban con negocios relacionados con el mercado de las armas o el sexo.

Muchas de estas asociaciones, auténticas familias con una herencia de varios años en el mundo de la mafia, gobernaron en sus respectivos distritos siendo temidos y respetados por vecinos e incluso autoridades.

Así, durante los años 60 y 70, el sur fue gobernado por una banda conocida como los Richardsons, apellido que correspondía a los líderes, Charlie y Eddie, dos hermanos que se “dedicaban” al negocio de la chatarra.

Algunas décadas antes de la llegada de los Richardsons al panorama londinense, el Soho era sin duda la zona de mayor actividad para los mafiosos, involucrados todos ellos en el negocio de la explotación sexual y el proxenetismo, ya que por aquel entonces las calles al norte de Shaftesbury Avenue y Piccadilly estaban inundadas de burdeles y prostitutas. La mayoría de los integrantes de las distintas bandas en aquellos días, era de origen extranjero. Como por ejemplo, Eddie Manning, un jamaicano que regentaba un prostíbulo junto a su novia griega o incluso un español, Juan Antonio Castañar, socio del anterior y propietario de una escuela de baile en donde curiosamente se bailó el tango por primera vez en las islas.

Años más tarde, durante los años 30 y 40, la familia Messina, compuesta por cinco hermanos de origen italiano, fue la encargada de recoger el testigo. Y es que las mafias italianas (sobre todo la siciliana) también han tenido su cuota de protagonismo en la ciudad de Londres. Impactante fue la imagen con la que se despertó la capital en la mañana del 18 de Junio de 1982 cuando Roberto Calvi, un banquero italiano, fue encontrado colgando del puente de Blackfriars con ladrillos en los bolsillos y con la cartera rebosante de dinero. Vamos, como si esto fuera Chicago en los años 20. Se cree que el bueno de Calvi habría pedido dinero a la mafia para intentar salvar el Banco Ambrosiano de la ruina, del cual era el presidente, y nunca lo pudo devolver.

Sin embargo, de todas las mafias, hubo una que sobresalió por encima del resto: los gemelos Kray. Nacidos en el barrio de Hoxton , Ronnie y Reggie, pues así se llamaban, empezaron a despuntar ya desde bien jovencitos, siendo líderes de distintas bandas a lo largo de su juventud, y convirtiéndose en excelentes boxeadores. Una vez alcanzaron la madurez, los Kray adquirieron un club de billar dejado de la mano de Dios en Mile End, y lo convirtieron en la que sería sede de su banda.

The Kray twins: Reggie (izq) y Ronnie (der)

Pronto juntaron un pequeño “ejército”, y comenzaron a extender su influencia por todos los barrios del este, frecuentando pubs y locales de dudoso perfil donde eran conocidos tanto por los publicans como por los locals. Con el tiempo expandieron su imperio a otras zonas de Londres, regentando clubes en Knightsbridge o el West End. Como Reggie dijo una vez: “Carnaby Street domina la moda;los Beatles y Rolling dominan la música; y los Kray dominan en Londres”. Afirmaciones como esta, y el hecho de que se estuvieran haciendo con el control de la ciudad, les llevó a enfrentarse en varias ocasiones con su banda rival, los Richardsons, que intentaban expandirse al norte del rio.

De esta rivalidad surgieron un buen puñado de episodios que acabaron con algún integrante de ambas bandas en caja de pino.  Tal fue el caso de George Cornell. Cornell, integrante de los Richardsons, estaba en el punto de mira de los Kray desde hacía años ya que estos creían que era quien estaba detrás de la muerte de su primo, Dickie Hart. Además, en una ocasión, llamó a Ronnie “gordo maricón”, siendo la homosexualidad de Ronnie algo sabido por todo el mundo. Así, en la tarde del 9 de Abril de 1966, Ronnie, quien había recibido un chivatazo de que Cornell se encontraba en el Blind Beggar pub, se presentó en el local y sin mediar palabra descerrajó tres tiros sobre el mafioso acabando con su vida en el acto. Hasta hace algo más de diez años, el pub todavía conservaba las marcas de disparos en el techo.  Aunque aquel día el pub se encontraba lleno de testigos, ninguno se atrevió a identificar a Ronnie como el culpable cuando fueron interrogados por la policía.

Imagen actual del Blind Beggar

Con los años, y especialmente tras el asesinato de otro mafioso llamado MacVitie, y del cual nunca se encontró el cuerpo, las autoridades decidieron poner fin al imperio de los Kray. Para ello, fueron detenidos y puestos bajo custodia con la esperanza de que, durante el tiempo que estuvieran encerrados, los posibles testigos de sus asesinatos perdiesen el miedo a declarar. Y así fue. Un gran número de testigos, incluido el barman del Blind Beggar, acudieron a declarar. Finalmente los Kray fueron  puestos a la sombra y tras 28 y 30 años entre rejas respectivamente, Ronnie Kray falleció de un infarto en 1995 y Reggie Kray en Septiembre de 2000, poniendo así punto y final a la última gran banda organizada en la ciudad de Londres.