Historia de una noche de Mayo

Ya había estado allí antes. De hecho, conocía la zona perfectamente. Miles de amigos que habían venido de visita, se las arreglaron para, de alguna forma, “arrastrarme” hasta allí una y otra vez. Pero esta vez era diferente. ¿Y por qué? La calma y el silencio se habían apoderado del lugar, disfrazándolo de lo que realmente era, un castillo medieval.Más bien, y en ese preciso momento me di cuenta, creía que lo conocía.

Porque el sitio al que yo estaba acostumbrado, jamás presentó este aspecto. Es más, me atrevería a decir que parecía hasta más grande. Algo normal, pues hasta la mayor inmensidad puede verse reducida a nimiedad ante el acoso y agobio de miles de turistas. Pero que le vamos a hacer. Supongo que es el precio que hay que pagar por ser el más atractivo y mejor conservado vestigio medieval de una ciudad como Londres.

Hoy, desde luego, no era el caso. O por lo menos, no a esta hora. Eran alrededor de las nueve y media de la tarde, y la noche había caído como una bendición sobre los alrededores de la fortaleza, llevándose consigo la palabra tumulto, y todos los adjetivos a ella asociados: ruidoso, incomodo, desesperante…

Porque sí. Me encontraba a los pies de la Torre de Londres, un castillo casi milenario, dispuesto a presenciar una de las ceremonias más añejas de las que se llevan a cabo en el viejo continente: The Ceremony of the Keys o La Ceremonia de las llaves, como se prefiera.

La noche era templada, como se le supone a una noche de finales de Mayo, incluso aunque nos encontremos en estas latitudes. Como ya he dicho, el silencio era una constante, solo interrumpido por el vaivén del agua empujado por las embarcaciones que surcan el río.

Me presenté ante la entrada del monumento, con puntualidad meridiana. Había sido citado a las nueve y veinte en punto, y para estas cosas los ingleses no se andan con tonterías. Mucho menos, si se trata de un evento de estas características, el cual se viene celebrando sin interrupción desde hace casi 800 años. La ceremonia, que no es más que la entrega de llaves por parte del jefe de alabarderos de la Casa Real (en inglés, Chief Yeoman Warder) al beefeater “testigo” de la torre, de manera que entre los dos la cierren por dentro, protegiendo así las joyas de la corona que alberga, tiene otros alicientes. Como por ejemplo, sin ir más lejos, la posibilidad de visitar la torre de noche, cuando el acceso está más que prohibido a cualquier transeúnte.

Cuando el reloj marcaba las nueve y veinte en punto, el beefeater “testigo” pasó a recogerme, advirtiéndome que debería permanecer en silencio hasta la finalización del acto. No se si fue su depurado acento británico, o su impoluto atuendo “tudoriano”, pero la escena, más propia del siglo XV o de una pieza teatral de Shakespeare, me transportó definitivamente a una noche cualquiera de la Edad Media, desde el mismo momento en que accedí al recinto, guiado por la lámpara de gas que transportaba mi acompañante.

Tras recorrer el tramo que lleva desde la puerta de entrada al interior de la fortaleza, todo ello sin mediar palabra, nos detuvimos en la intersección formada entre Traitor’s Gate y la Wakefield Tower. El beefeater me posicionó, justo delante de la pequeña entrada de agua junto a Traitor’s Gate, y acto seguido continuó su camino, en dirección a Lanthorn Tower. La hora se acercaba, y allí estaba yo, completamente solo, en el interior de uno de los monumentos más visitados del planeta, a la espera de acontecimientos.

La torre se mostraba inmaculada a esta hora de la noche, y el silencio se había agudizado en el interior de aquellos muros, que, de alguna manera, actuaban no solo como aislante sonoro, sino también temporal, habiéndome alejado del siglo XXI, donde me encontraba hacía apenas unos minutos. De repente, el sonido de unos pasos acompasados, perturbó mis cavilaciones. Se trataba de una pequeña escolta militar, integrada por diez guardas de la torre, y que, armados con bayonetas, se situaron a mi derecha. De forma paralela, alguien accedió a la torre por el mismo lugar por el que yo lo había hecho instantes atrás, y se dirigía lentamente hacía el punto en el que los guardas y yo nos encontrábamos. Desde la distancia, pude percibir cómo dicho individuo, portaba un elemento de tamaño considerable, e inmediatamente comprendí que se trataba del Chief Yeoman Warder con las grandes protagonistas de la noche: las llaves de la torre. Una vez alcanzó nuestra posición, se detuvo a mi izquierda, a unos veinte metros de la columna formada por los militares. En ese momento, uno de ellos, y al mismo tiempo que le apuntaba con su bayoneta, se aproximó hacia su figura. Tras un puñado de pasos, efectuados con sobriedad militar, gritó:

-¿Quién anda ahí?

-¡Las llaves! – respondió firme el alabardero.

-¿Qué llaves? – inquirió el guarda, mientras sostenía la bayoneta con buen pulso.

-¡Las llaves de la reina Isabel II!

-Cédenos pues, las llaves de la reina Isabel II. ¡Todo en orden! – finalizó el escolta.

Esta conversación, o más bien intercambio dialéctico, y que se produjo ante mi atenta mirada, fue de una tensión inusitada. Una vez el alabardero se hubo identificado, la compañía formada por él mismo junto con los guardas, emprendió su camino en dirección a la Bloody Tower, que se encontraba al frente de mi posición. Solo se detuvieron una vez más, al final de las escaleras, momento en el que el Chief Yeoman Warder levantó su sombrero a la vez que gritaba: “¡Dios guarde a la reina Isabel II!”, a lo que el resto de la compañía respondió: “¡Amén!”, gritando al unísono.

Y desde aquí, desde esta posición, la que les guiaba de camino a la torre para cerrarla definitivamente hasta la mañana siguiente, se despidieron tocando The Last Post, una composición musical interpretada por el ejército inglés en funerales de estado o al final de una guardia.

Por mi parte, y más que contento tras haber sido testigo de una ceremonia casi milenaria, fui acompañado a la salida por el beefeater “testigo”, el mismo que me había guiado en mi acceso a la torre. De mi camino de vuelta, no hay mucho que recuerde con exactitud, salvo por un detalle. En el mismo instante en que abandoné el recinto, y todavía haciendo acopio de mis sensaciones, lo primero que me trajo de vuelta al mundo real, fue un avión que pasó justo por encima mío. Y desde luego me sentí afortunado, ya que en ningún momento reparé en que el único elemento que me podría haber “sacado” de aquella torre, era precisamente el rugir de los motores de una aeronave que hubiese surcado los cielos por encima del monumento. Esto, de suceder, sin duda le hubiera restado realismo al evento.

Tras mi “vuelta” al siglo XXI, emprendí el camino a casa, no sin antes detenerme por última vez, antes de introducirme en el metro, a contemplar la torre. Ésta, todavía en la más absoluta tranquilidad, descansaba a la espera de que a la mañana siguiente, fuera despertada de su letargo medieval por miles de turistas, y, como yo tras mi experiencia, traído de vuelta bruscamente al tercer milenio.

·Este relato, que cuenta mis vivencias durante la Ceremonia de las Llaves, no es más que una manera algo más lírica de contar dicha experiencia, y que he realizado en agradecimiento a todos aquellos y aquellas que han seguido el blog durante su primer mes de vida. Gracias a todos por vuestras visitas, comentarios, suscripciones e ideas, que están haciendo que este “diario” sobre la ciudad de Londres se mantenga en “buena forma” y siga creciendo. Un saludo.

·La Ceremonia de las Llaves se celebra todos los días sin excepción desde hace casi 800  años entre las nueve y media y las diez de la noche, dentro de la Torre de Londres. Para asistir, hay que remitir una carta por correo ordinario adjuntando: el nombre de los asistentes (hasta un máximo de 6), 2 fechas posibles en las que se quiera asistir (con dos meses de antelación, tres si se piensa asistir durante los meses de Junio, Julio o Agosto) y un sobre más con la dirección del remitente junto con dos sellos o “cupones de respuesta internacional” en el caso de escribir desde el extranjero (estos se pueden solicitar en este link), a la siguiente dirección:

Ceremony of the Keys Office
Tower of London
LONDON, EC3N 4AB
Great Britain

 

2 Respuestas a “Historia de una noche de Mayo

  1. Fantástico relato!!

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