Archivo mensual: julio 2011

Ibiza, Isla de Wight y… Eel Pie Island

La relación de esta ciudad con la música, es algo que nunca deja de sorprenderme, ya que hasta el rincón más pequeño, guarda una estrecha relación con la historia musical londinense.

Y es que el otro día, dando un paseo por la maravilla que es Richmond (para el que no lo conozca, es un distrito al suroeste de Londres y una visita más que recomendada) llegue así, de casualidad, a toparme con una isla en medio del río llamada Eel Pie Island, a la cual se accedía únicamente mediante una pasarela sobre el Támesis.

Vistas de la isla desde el otro lado del río

Cruzar esa pasarela ha sido una de las experiencias más extrañas que he vivido últimamente en la ciudad. Una vez al otro lado, parecía estar en otro mundo: casitas pequeñas, de colores, recuerdos de otra época (me sorprendió bastante un letrero de la cadena de tiendas HMV, el cual parecía bastante antiguo) y sobre todo una quietud que se lo comía todo. Sinceramente, me hubiera quedado allí a vivir. O a morir, según se mire.

El caso es que una vez abandonada la isla, quise saber más sobre la historia de la misma. Y es aquí cuando llegó mi sorpresa.

Resulta que en otros tiempos, este pequeño islote en medio del Támesis fue una especie de Ibiza sesentera. Y todo gracias a la existencia de un hotel llamado, como no, Eel Pie Hotel.

Dicho hotel, en pie desde el siglo XIX, ya era famoso por los bailes de salón que organizaba durante las décadas de los 20 y los 30. Varios años antes, incluso Charles Dickens se había desplazado hasta el sitio para saborear la cerveza que tanto le gustaba.

Sin embargo, sería con la llegada de los años 50, y gracias a las sesiones de jazz llevadas a cabo en el hotel por el trompetista Brian Rutland, que la historia y fisonomía de la isla cambiarían para siempre.

Según una entrevista al crítico de jazz George Melly, retransmitida por BBC Radio 4 en 2007, éste nos cuenta como la isla pasó a ser un foco de expresión artística y creativa, atrayendo a bohemios, músicos y demás de todas partes, que además convirtieron la isla en una especie de Sodoma y Gomorra. Según palabras del propio Melly: “la isla era conocida por el sexo. Era muy difícil no echar un polvo en Eel Pie Island” .

De todas formas, las noches de jazz del Eel Pie Hotel no fueron sino el pistoletazo de salida para toda la sucesión de eventos que llegarían a continuación.

Y es que poco a poco, según la llama del jazz se fue apagando, y, tras un cambio de manos en la dirección del hotel, el nuevo manager, Arthur Chisnall, comenzó a promocionar los nuevos ritmos que empezaban a pegar fuerte en las islas.

Ésta fue sin duda la época dorada de Eel Pie Island, y, más en concreto, del Eel Pie Hotel, cuando por sus salones pasaron bandas tan míticas como los Stones, Pink Floyd, David Bowie o The Who, quienes actuaron más de una vez y declararon estar enamorados de la isla y su ambiente. También se dejaban ver de vez en cuando gente como Rod Stewart (éste más por las fiestas que actuando en sí, aunque también realizó un par de bolos) o Eric Clapton.

Todo este panorama atrajo a la isla a multitud de hippies y mods llegados de cualquier rincón del planeta y que establecieron la que en 1970 era la mayor comunidad hippie del Reino Unido. Aunque no solo de hippies se alimentaba la comuna, ya que por aquí pasó lo mejor de cada casa: camellos, drogadictos, poetas, ciclistas, niños que se escapaban del colegio, niñeras, filósofos, ladronzuelos…Incluso se comenta que abrieron una habitación del sexo donde se realizaban orgías de manera frecuente.

Sin embargo, todo este libertinaje llegó a su fin en 1971, cuando un misterioso incendio arrasó el hotel y se llevó consigo todo un legado musical que colocó a esta pequeña isla en medio del Támesis en los mapas de medio mundo.

A día de hoy, ni que decir tiene que la situación se ha tranquilizado bastante, y solo un estudio de grabación sobrevive en medio de la pequeña comunidad habitada por una mezcla de jubilados y artistas.

Sin duda una visita que merece la pena siempre que se vaya a Richmond, ya que espero que nadie se desplace hasta allí solo por ver la isla, que en definitiva no tiene más aliciente que el disfrutar de la paz reinante y echar un ojo a las curiosas viviendas. Personalmente, os recomiendo que alquiléis una bici (si es que no tenéis la vuestra propia) en la tienda que se encuentra junto al río en Richmond, y os bajéis hasta la isla con ella, ya que el paseo junto al Támesis es ya de por si bastante agradable.

Vivir deprisa, morir joven

“Se veía venir, pero no me lo esperaba”, comentaba alguien ayer en Twitter. Y es que estas noticias, por mucho que se vean venir, nadie se las espera.

Me refiero, como no, al fallecimiento de la cantante Amy Winehouse en la tarde de ayer por causas que aún se desconocen, aunque el historial de la londinense hace pensar que las drogas jugaron un papel fundamental en su óbito.

Nacida el 14 de Septiembre de 1983 en el norte de Londres, fue la última (aunque habrá más) enfant terrible de la escena musical en la capital, lista en la que encontramos a todo tipo de personalidades desde Sid Vicious a Pete Doherty, pasando por Damon Albarn o Lily Allen.

Sin embargo, los escándalos que inundaron su carrera nunca consiguieron apagar la intensidad sentimental que arrastraba su desgarrada voz, cada vez más rota si cabe tras noches de whisky y pupilas de buho, y más propia del delta del Misisipi que del barrio de Southgate.

De hecho, lo único que al final ha unido a Amy con esa zona de Norteamérica, ha sido la edad de su deceso, 27 años, lo cual la incluye en lo que se ha pasado a conocer como “el club de los 27”, es decir, todas aquellas estrellas de la música cuya llama se apagó más temprano de lo habitual, elevándolas a la categoría de mitos, y que comenzó hace más de 70 años con el bluesman Robert Johnson, quien, emulando a Fausto, y, según la leyenda, vendió su alma al diablo a cambio de poseer una técnica exquisita como guitarrista.

No obstante, la diferencia con la cantante es aún bastante sustancial, ya que mientras Robert Johnson dedicó su vida a la guitarra hasta el punto de perderla por ella, Amy, conocedora del don que poseía, decidió obviarlo y dedicarse a otros menesteres. A día de hoy, desafortunadamente, podemos decir que eligió el camino equivocado.

Dicho esto, y tras la (obvia) expectación despertada tras su fallecimiento, esta mañana he hecho el gran esfuerzo (es Domingo y hace buen tiempo, los que conocen la zona saben de lo que hablo) de pasearme por su querido Camden para ver como estaban los ánimos el día después de la noticia.

Mi primera parada ha sido en Camden Square, la pequeña plaza donde residía. Desde el Sainsbury’s situado en Camden Road, hasta la mencionada plaza, numerosas personas portaban ramos de flores adquiridos en el supermercado, y que luego depositarían junto a la vivienda. Una vez en la plaza, un centenar de personas entre fans, prensa, televisión y curiosos se congregaban frente al inmueble, todavía precintado por la policía. Muchas de ellas, tras un lento peregrinaje, dejaban distintos objetos, cartas, velas y demás junto a un árbol frente a la vivienda, mientras que otras optaban por dejarlos al lado de la señal con el nombre de la calle. Incluso una chica, quien se declaraba como una auténtica groupie, consiguió dejar un ramo de flores junto al cordón policial tras rogar de rodillas (literalmente) al encargado de seguridad.

Tras esto, y una vuelta por el mercado donde se confirmaron mis sospechas en cuanto al abarrotamiento, decidí pasarme por The Hawley Arms, y que en su día fue el local (así se llama aquí a los pubs que uno frecuenta) de la cantante. De hecho, residía en el piso situado sobre el pub, hasta que el incendio que tuvo lugar en 2008 la forzó a mudarse. A día de hoy, todavía se dejaba ver alguna vez por allí. Es más, juraría que hace algo más de un año, ella misma me sirvió una pinta, o al menos una chica idéntica a ella. Sin embargo, esto es una curiosidad sin fundamento ya que ni lo pregunté, ni hice ninguna foto.

Anécdotas aparte, tenía curiosidad por ver si el pub tenía pensado organizar algo en su honor. Tras hablar con uno de los camareros, éste me dijo que, aún consternados por la noticia, no tenían pensado realizar ningún evento en particular, por lo que decidí marcharme a casa.

Una mañana pues, recordando a Amy Winehouse, de la que no me declaro fan, pero a la que hay que reconocer como una de las voces más poderosas que ha dado la música en los últimos años. Y aunque ella no lo quisiera así, es como hoy, yo, y pese a todos sus altibajos, prefiero recordarla. Descanse en paz.

Éstas son algunas fotos de mi mañana en Camden:

“Londinium”

Amantes de la historia y la arqueología, siéntanse afortunados, ya que este próximo Sábado 23 de Julio se organiza un evento nada habitual relacionado con los orígenes de la ciudad, es decir, con la antigua Londinium.

Se trata de la apertura al público de los baños romanos de Billingsgate (Billingsgate Roman House and Baths), los cuales permanecen cerrados año tras año, pudiendo ser visitados en contadísimas ocasiones. Esta actividad forma parte del Festival de Arqueología Británica que comenzó el pasado 16 de Julio y que se extenderá hasta el próximo 31 de este mismo mes.

Los baños romanos de Billingsgate son uno de los vestigios romanos mejor conservados en la ciudad de Londres. Y ya es decir, porque a pesar de que los romanos se pasaron casi cinco siglos habitando estas tierras, muy poco ha sobrevivido al paso de los años. Y es que hay que tener en cuenta que la ciudad ha sufrido todo tipo de desgracias a lo largo de su historia, como por ejemplo, el gran Incendio de 1666 o el Blitz de 1940-41.

De todas formas la historia de los romanos en Londres es bastante curiosa, ya que el curso de los acontecimientos históricos tras la caída del imperio fue algo distinto de lo habitual.

Porque lo normal, o al menos eso me parece a mi, es que tras los romanos otro pueblo ocupase, bien por la fuerza, bien por abandono de los primeros (que fue exactamente lo que pasó) los terrenos e hiciese uso de los edificios, caminos y muralla.

Pues no. Tras el lento éxodo del pueblo romano, la ciudad, en ruinas, se pasó unos 400 años sin ser habitada. De hecho, los siguientes moradores, los Anglosajones, decidieron establecerse a las afueras de la ciudad amurallada, e incluso algunos nombres han sobrevivido hasta nuestros días (por ejemplo Aldwych, que proviene de ealdwic, en Anglosajón, “antiguo asentamiento”, y en contraposición a lundenwic que significaba “nuevo asentamiento”). Más tarde los Anglosajones comenzarían a reconstruir la ciudad y, tras la invasión normanda alrededor del año 1000, la ciudad de Londres empezaría a tomar forma.

Eso sí, no sería hasta los siglos XVI y XVII, y tras varios incendios con el del año 1666 a la cabeza, que se empezarían a descubrir la mayoría de ruinas dejadas por los romanos siglos atrás.

Los baños de Billingsgate, por ejemplo, fueron descubiertos en el siglo XIX, aunque no fueron estudiados en profundidad hasta los años 60, cuando se construyó el edificio de oficinas bajo los que se encuentran.

Otros vestigios, quizá los más conocidos, son la muralla romana y el Templo de Mitras. De la primera quedan fragmentos de distinto tamaño y que salpican el oeste de la City. Que yo haya visto con mis propios ojos, conozco tres: uno en el interior del hotel Grange City en Cooper’s Row, cerca de la torre de Londres y que se puede ver desde el exterior en lo que parece una entrada para vehículos; el segundo, de dimensiones considerables, en los St. Alphege’s Garden, a los que se accede desde Wood St, una calle perpendicular a London Wall (de ahí el nombre); y el último, junto al Museo de Londres, y que se puede ver paseando por los exteriores o al visitar el propio museo.

En cuanto al Templo de Mitras se encuentra momentáneamente (digo esto porque no es su ubicación original, ya que fue trasladado hasta aquí piedra por piedra y ahora el ayuntamiento está pensando en reubicarlo) en la intersección entre Queen Victoria Street y Budge Row, aunque la última vez que pasé por allí estaba en obras.

Aparte de estos dos, son muchos otros, aunque de menor tamaño, los que podemos encontrar o con los que nos podemos tropezar a lo largo y ancho de la City, con ubicaciones de lo más extrañas. Por ejemplo, alguien me comentó que un fragmento de la muralla se encuentra dentro de la peluquería Nicholson&Griffin sita en Leadenhall Market. Aunque no lo he presenciado in situ, la página web del Museo de Londres parece confirmarlo.

Quizá lo interesante sería hacer una recopilación lo mayor posible con todos los vestigios conocidos. Yo me se alguno pero desde luego no todos así que invito a quien le apetezca a que comparta sus conocimientos posteándolos aquí. Por mi parte voy a intentar ponerme manos a la obra y, si consigo hacer acopio de un buen número de ellos, publicarlos. De momento, y para abrir boca, este Sábado 23 podéis visitar los baños de Billingsgate, una actividad que de lo contrario, es imposible realizar durante el resto del año. Por si os interesa, aquí os dejo los detalles. Que ustedes lo disfruten.

 101 Lower Thames Street
EC3R 6DL City of London
Londres

Horario: 11 – 16:30 (los primeros en llegar, los primeros en entrar)
Entrada: Gratuita

Más información:

http://www.thamesdiscovery.org/events/hidden-archaeology

Un paseo por Craven Street

A escasos metros de Trafalgar Square, la plaza por donde todo el mundo pasa en sus visitas a Londres, se encuentra una pequeña calle de nombre Craven Street. A día de hoy, dicha calle comienza en Strand, para luego descender suavemente hasta encontrarse con Northumberland Avenue.

Sin embargo, hace unos 150 años, el panorama era bien distinto, ya que Craven Street no desembocaba en ninguna otra calle sino directamente en el Támesis. Así fue durante décadas hasta que en 1860, el consistorio londinense decidió ganar terreno edificable, “robándoselo” al río en una operación de colosales dimensiones conocida como el “Embankment” (de aquí viene, en consecuencia, el nombre de la parada de metro que se encuentra en la zona).

La historia de Craven Street, una de las escasas supervivientes al mencionado Embankment, está salpicada de historias curiosas, muchas de las cuales la gente suele desconocer.

Uno de los elementos aún existentes, y que nos recuerda aquel pasado a la orilla del río, es el pub conocido como The Ship & Shovell, otrora a escasos metros del Támesis, y que aún conserva una ventana redonda con forma de ojo de buey en la parte que en su día daba al río, y desde la que los comerciantes de la zona veían llegar a las distintas embarcaciones con sus mercancías. Construido varios años antes del Embankment, era uno de los lugares de reunión preferidos por todos los marineros de la zona, y, sobre todo, por aquellos que se dedicaban a un lucrativo negocio: la venta de cuerpos (de personas ya fallecidas, que nadie se piense otra cosa, que lo otro es un negocio bastante más antiguo), y que consistía en ofrecer dichos cuerpos a cirujanos y médicos para que pudiesen experimentar con ellos. Muchos de estos cuerpos eran rescatados de las orillas del río por los mudlarks (de los que ya hablé hace un mes).

Por si alguno quiere pasarse y disfrutar del negocio actual, esto es, la venta de cerveza, se encuentra en un pequeño callejón conocido como Craven Passage, el cual encontraréis más o menos en la mitad de Craven Street. Desde luego un pub muy curioso, el cual merece la pena visitar.

Siguiendo con Craven Street, y muy cerca de la entrada de Craven Passage, está la que fue la morada de uno de los personajes más importantes de la historia, en particular de la historia americana. No en vano, fue uno de los cuatro hombres (los “Padres Fundadores”) que firmaron la Declaración de Independencia Americana. Se trata de Benjamin Franklin, quien vivió en el número 36 de Craven Street durante los 16 años que duró su periplo londinense. Hoy en día la vivienda, cuyo interior se muestra intacto desde aquella época, se ha transformado en museo y es posible visitarla. Para aquel que no lo encuentre suficientemente interesante, hay que decir que se trata de la única residencia de Benjamin Franklin que ha sobrevivido al paso de los años en todo el mundo. Y como curiosidad, y volviendo a lo de la venta de cuerpos, durante la restauración del inmueble en los 90 se encontraron una serie de huesos, que, en principio se creyó pertenecían a alguna víctima de algún asesinato reciente, para luego descubrir que fueron parte de los experimentos llevados a cabo por William Hewson, un médico amigo de Franklin.

De Craven Street, a los billetes de 100 dólares: Ben Franklin

Otra historia curiosa es la que nos lleva al extremo sur de la calle. Aquí se encuentra el Playhouse Theatre, uno de los muchos teatros de Londres, aunque no de los más conocidos. Construido en 1882 por el empresario Sefton Parry, la operación fue más una argucia de Parry para forrarse, que un movimiento en pro de las artes escénicas. Parry, que se había enterado de que el ayuntamiento estaba planificando construir una estación en el sitio y que liberaría de tránsito a la cercana Charing Cross, decidió adelantarse y birlarle los terrenos, para luego pedir una importante suma por los mismos. Y efectivamente, años después, el ayuntamiento solicitó al empresario la cesión o alquiler de un espacio junto a su teatro por donde pasarían las vías. La oferta que Parry les hizo fue tan descomunal, que el ayuntamiento se las ingenió para construir la estación sobre el teatro, evitando así dejarse una fortuna. Todo esta serie de triquiñuelas desembocó en la caída de la estructura sobre el teatro, en el año 1905, acabando con las vidas de seis personas. Y puesto que el teatro había tenido una buena acogida hasta la fecha, se decidió reconstruirlo y así se ha mantenido hasta nuestros días, perdiendo si acaso un poco de tirón frente a la pujanza de otros escenarios donde se representan obras más populares.

En definitiva, historias de una calle que suele pasar desapercibida, y que sin embargo es toda una superviviente de su época. Por cierto, casi se me olvida. En el número 42 de esta misma calle, se encuentra el museo de la Asociación de Ópticos Británicos. Para visitarlo hay que pedir cita, pero la entrada es gratuita. Yo lo visité hace ya más de año y medio y el tipo, cuyo nombre no me acuerdo, que me acompañó durante la visita, me explicó al detalle todas las colecciones, haciéndola más interesante de lo que en un principio pensé.

Por lo tanto, pubs, teatros con historia, residencias de ilustres, museos…todo ello en una calle de las dimensiones de Craven Street, ¿alguien da más?

Dogget’s Coat and Badge Race

Ya han pasado casi 4 meses desde la disputa de la famosa regata que, con carácter anual, enfrenta a las universidades de Oxford y Cambridge en la que está considerada como la competición de remo más popular del mundo, así como el evento amateur más visto del planeta.

Y el cómo dicha carrera se ha convertido en una cita de tanto calado, nadie lo sabe a ciencia cierta. Alguno dirá que se lo han ganado a pulso (nunca mejor dicho). Otros, por ejemplo, pensarán que es una oportunidad única de disfrutar de una competición en directo sin soltar un duro. Y además, al aire libre.

Bueno, pues aquí en Londres también tenemos la oportunidad de disfrutar de una regata al aire libre y sin gastarnos ni una libra. Y no, no hablo de la locura que es la Great River Race y que tendrá lugar en Septiembre. No. Me refiero a la poco conocida Dogget’s Coat and Badge Race.

Y el porqué es tan poco conocida es también un misterio, ya que, señoras y señores, nos encontramos ante la competición de remo más antigua de la Tierra, y posiblemente ante el torneo continuado más añejo de éste, nuestro planeta (en contraposición a, por ejemplo, los Juegos Olímpicos, los cuales pese a celebrarse por primera vez en la antigua Grecia, no se volvieron a repetir hasta finales del siglo XIX).

Esta carrera, que celebró su primera edición en el año 1715, fue creada por un actor irlandés llamado Thomas Doggett, quien la concibió como un tributo a la casa de Hanover, a la cual pertenecía el recién nombrado rey de Inglaterra, Jorge I. Él mismo se encargó de donar los que serían los premios: un abrigo rojo escarlata y una insignia de plata, los cuales se han mantenido hasta nuestros días.

A diferencia de la que enfrenta a Oxford y Cambridge, no son universitarios los que compiten en la Dogget’s Coat (bueno, puede que lo sean, pero eso es lo de menos), sino jóvenes marineros y que cumplen su primer año en la Compañía de Marineros y Lancheros del Río Támesis (The Company of Watermen and Lightermen of the River Thames).

Dicha compañía, a día de hoy algo de capa caída, disfrutaba de días de vino y rosas a finales del siglo XVI, cuando unos 40.000 hombres estaban adheridos a la misma. Sin duda, la escasez de puentes sobre el Támesis, y la ausencia de otro medio de transporte mejor, hicieron que algunos de estos remeros amasaran una fortuna, eso sí, a base de dejarse los brazos en jornadas interminables.

Volviendo a la regata, ésta se desarrolla sobre un trazado de algo más de 4 millas (concretamente, 4 millas y 7 estadios, que son una octava parte de la milla), las que van desde London Bridge hasta Chelsea. El recorrido no ha cambiado un ápice desde la primera edición, cuando la carrera se celebraba entre The Swan Inn en London Bridge, hasta The Swan Inn (no, no me he equivocado)en Chelsea.

Lo que sí ha cambiado ha sido la manera, digamos, de llevarse a cabo. Y es que antes de 1873, la carrera se realizaba contracorriente, lo que hacía de la misma un tostón interminable de dos horas, a la vez que un martirio para los que estaban a los remos. Desde aquel año, y afortunadamente para participantes y público, la regata se desarrolla a favor de corriente, lo que ha reducido la duración de la misma a unos 25 minutos.

Es por eso que este evento no tiene fecha fija, dada la variabilidad de las mareas dependiendo del año.

En esta ocasión, la carrera, se celebrará el próximo 15 de Julio a partir de las 11:30 de la mañana, comenzando como ya he dicho en London Bridge y dirigiéndose río arriba.

Una buena ocasión por lo tanto, para presenciar una cita histórica y que, aún sin el glamour y la clase de las regatas universitarias, también llevará el deporte a las calles (o en este caso, al río) para el disfrute de londinenses y turistas.

Arte callejero (y más) en tierras de Jack The Ripper

La  moda empezó hace ya unos años, en concreto seis, y a día de hoy se ha extendido de manera contagiosa por los mercados del East End. Se trata de los graffitis realizados sobre las furgonetas que los vendedores de dichos mercados usan para el almacenaje, y que suelen estar aparcadas en las calles aledañas.

Todo comenzó cuando los artistas de la zona empezaron a usar el exterior de las furgonetas como lienzo improvisado para mostrar sus creaciones. Contrariados, los propietarios de las mismas decidieron acabar con el asunto, pero más tarde, llegaron a la conclusión de que los diseños atraían a los curiosos y, en definitiva, a más compradores potenciales, por lo que decidieron no solo no poner fin a los graffitis, sino mantenerlos en buen estado, haciendo pues que sus furgonetas pasasen a formar parte del paisaje urbano de la zona.

Todo esto, de lo cual me enteré gracias un magnífico blog (en inglés) llamado Spitalfields Life, atrajo mi curiosidad, así que hace un par de días decidí pasarme por la zona de Whitechapel (donde se celebra un mercado de fruta, verdura y ropa de Lunes a Sábado) para ver con lo que me encontraba. Desafortunadamente para mi, y dado que trabajo por las mañanas, para cuando llegué al mercado, muchos de los vendedores estaban recogiendo ya sus puestos. No obstante, pude fotografiar algunas de las furgonetas que todavía quedaban en la zona y que, efectivamente, se encontraban descansando en las calles colindantes. Aquí os dejo algunas de las fotos que saqué.

 Tras esto, y ya que me había desplazado hasta allí, pensé que sería bueno aprovechar la tarde para darme una vuelta y enseñaros algún sitio curioso de la zona. Como por ejemplo, The Whitechapel Bell Foundry, la cual nos encontramos a mano izquierda según bajamos (o subimos, según se mire) Whitechapel Road camino de Aldgate, y que es la empresa manufacturera más antigua de las islas, y posiblemente una de las más antiguas del mundo. Fundada en 1570, esta compañía se dedica a la creación y reparación de campanas y es aquí, donde, en 1858, se fabricó la que es con toda seguridad la campana más nombrada del mundo, es decir, Big Ben (que como ya he dicho en algún que otro post, no es el nombre de la torre del reloj, sino el de la gran campana que se aloja en su interior). El único problema con esta fundición, es que, y según ha llegado mis oídos, la lista de espera para visitarla supera con creces el año así que a no ser que se planee con mucha antelación, será misión imposible. Lo que si se puede visitar, si se le puede llamar así, son las oficinas, con el aliciente de ver la factura del Big Ben allí expuesta (572₤ que costó la criatura)

.Ya que me encontraba en los dominios de Jack el Destripador, y desfallecido tras un día bastante ajetreado, pensé en dirigirme al metro en Liverpool Street, y de paso “perderme” por los callejones al sur de Brushfield Street, una calle paralela al mercado de Spitalfields y cercana al lugar donde se produjo el más sangriento homicidio por parte del “asesino de Whitechapel”. Se trata del asesinato de Mary Jane Kelly, una prostituta irlandesa de 25 años, y que fue encontrada en su residencia de Dorset Street en un estado que…en fin, en un estado que no voy a narrar aquí, pero que haría las delicias de los amantes del gore. Éste fue el quinto de una serie de asesinatos que conmocionaron al East End, y que convirtieron a sus calles en lugares inseguros donde abundaban la psicosis, el miedo y la paranoia.

Algo que es fácil de entender, especialmente si caminamos por los callejones arriba mencionados, y que parecen sacados de alguna novela de terror. Eso sí, siempre que paseemos por allí al caer la noche o en alguna tarde de invierno porque la verdad, hace dos tardes aquello estaba lleno de gente y pasé de todo menos miedo.

Así que una tarde que comenzó con graffitis en furgonetas, acabó por callejones del East End tras la pista de Jack The Ripper, lo que confirma que Londres tiene para todos los gustos, a veces, en menos de lo que dura una calle. En este caso Whitechapel Road, una avenida con bastante solera, y sobre la que algún día volveré para rescatar las muchas historias que existen a su alrededor y que en esta ocasión me he dejado en el tintero.

Más moral que el Alcoyano

Hace poco un amigo me comunicó que el Alcoyano, un equipo de fútbol de la provincia de Alicante, había ascendido a la Segunda División española, ahora conocida como Liga Adelante. Nada trascendental, de no ser por aquel dicho popular, y que otorga al club una supuesta moral a prueba de bombas (ya sabéis, eso de “tener más moral que el Alcoyano”). Vamos, que el que la sigue la consigue, como dirían otros.

Esa misma moral, férrea, sumada a un escaso (por no decir nulo) sentido del ridículo, es la que demuestran a diario miles de personas que se lanzan a las calles, plazas y parques de las grandes ciudades para lanzar proclamas de distinta índole al aire e intentar captar la atención de unos transeúntes que, o bien aceleran el paso cuando pasan por su lado, o se detienen a disfrutar del show gratuito

Son los predicadores, y en Londres tenemos nuestra buena dosis de ellos. ¿Quién no ha paseado por algún sitio turístico, véase Covent Garden, y se ha sorprendido al ver a un tío con una pizarra hablando sobre el fin del mundo? O por ejemplo, y sin ir más lejos, toda la cuadrilla de chiflados que se suceden en el Speaker’s Corner de Hyde Park, y que, en los días más concurridos, nos dejan estampas bastante divertidas de gente enfrentándose y discutiendo los dictámenes del orador de turno. También es que a quien se le ocurre maldecir el Corán, Alá, y el Islam en general, cuando tienes delante a media comunidad paquistaní.

Sin embargo, ninguno de estos predicadores, anónimos a más no poder (aunque quizá alguno alcance cierta popularidad temporal si se convierte en asiduo), tiene, al menos de momento, la moral que tuvo Stanley Green, el más famoso predicador de la historia de Londres, y posiblemente del mundo.

Este señor, nacido en Harringay (Norte de Londres) en el año 1915, se dedicó durante 25 años a recorrer las calles del West End (básicamente Oxford Street, aunque alguna tarde se dejaba ver por Leicester Square, para así llamar la atención de aquellos que acudían a los cines), y con una consigna clara (agárrate que vienen curvas): reducir el consumo de proteínas por parte de la población, ya que éste, según él mismo, hace que los individuos se dejen llevar por la pasión y se abandonen a los placeres de la vida.

Toma ya. Así que, con esta idea incrustada en la mente, Mr. Green se paseaba día sí y día también por Oxford Street, sosteniendo su famosa pancarta (la cual rezaba: LESS LUST, BY LESS PROTEIN: MEAT FISH BIRD: EGG CHEESE: PEAS BEANS: NUTS AND SITTING PROTEIN WISDOM)y repartiendo panfletos que el mismo imprimía y vendía a unos 11 peniques la unidad. Se cree que unas 80.000 copias de dicho panfleto, titulado “Eight Passion Proteins with Care”, fueron vendidas a lo largo de los años.

Stanley Green en plena faena

Además, y para poder valorar la convicción de este personaje en su justa medida, hay que tener en cuenta que cada día, se desplazaba en bicicleta desde su vivienda en Ealing hasta el centro de Londres, lo que suponían unas dos horas de trayecto diario. Porque es que hay que tener mucha moral para plantarse cada día en la calle, así, a braga quitada, a exponer tus ideas sobre nutrición sin ser un dietista o algo parecido, a la vez que te expones tú mismo a las posibles burlas o agresiones por parte del personal.

Aún con todo esto, Stanley Green nunca le perdió la cara a la causa, y con el tiempo, se convirtió en una figura más y más icónica dentro de la “galería” londinense. Entrevistas en radio, prensa y televisión que ensalzaron su figura hasta tal punto que, tras su muerte, el Oxford Dictionary of National Biography, que recopila las personalidades más importantes de la historia británica, decidió incluirle entre sus páginas. Su obituario, fue así mismo publicado por The Times, The Guardian o The Daily Telegraph, mientras que sus panfletos junto con su famosa pancarta, fueron enviados al Museo de Londres, donde a día de hoy todavía se exhibe la pancarta.

La pancarta exhibida en el Museum of London

Un personaje más, pues, de los muchos que abundan en la historia de Londres y que cuenta con una historia de lo más peculiar. En su caso, una vida entregada a un mensaje que nunca llegó a calar en la sociedad inglesa, pero que él defendió hasta que le abandonaron las fuerzas. Una causa defendida con más moral, pues eso, que el Alcoyano.