Más moral que el Alcoyano

Hace poco un amigo me comunicó que el Alcoyano, un equipo de fútbol de la provincia de Alicante, había ascendido a la Segunda División española, ahora conocida como Liga Adelante. Nada trascendental, de no ser por aquel dicho popular, y que otorga al club una supuesta moral a prueba de bombas (ya sabéis, eso de “tener más moral que el Alcoyano”). Vamos, que el que la sigue la consigue, como dirían otros.

Esa misma moral, férrea, sumada a un escaso (por no decir nulo) sentido del ridículo, es la que demuestran a diario miles de personas que se lanzan a las calles, plazas y parques de las grandes ciudades para lanzar proclamas de distinta índole al aire e intentar captar la atención de unos transeúntes que, o bien aceleran el paso cuando pasan por su lado, o se detienen a disfrutar del show gratuito

Son los predicadores, y en Londres tenemos nuestra buena dosis de ellos. ¿Quién no ha paseado por algún sitio turístico, véase Covent Garden, y se ha sorprendido al ver a un tío con una pizarra hablando sobre el fin del mundo? O por ejemplo, y sin ir más lejos, toda la cuadrilla de chiflados que se suceden en el Speaker’s Corner de Hyde Park, y que, en los días más concurridos, nos dejan estampas bastante divertidas de gente enfrentándose y discutiendo los dictámenes del orador de turno. También es que a quien se le ocurre maldecir el Corán, Alá, y el Islam en general, cuando tienes delante a media comunidad paquistaní.

Sin embargo, ninguno de estos predicadores, anónimos a más no poder (aunque quizá alguno alcance cierta popularidad temporal si se convierte en asiduo), tiene, al menos de momento, la moral que tuvo Stanley Green, el más famoso predicador de la historia de Londres, y posiblemente del mundo.

Este señor, nacido en Harringay (Norte de Londres) en el año 1915, se dedicó durante 25 años a recorrer las calles del West End (básicamente Oxford Street, aunque alguna tarde se dejaba ver por Leicester Square, para así llamar la atención de aquellos que acudían a los cines), y con una consigna clara (agárrate que vienen curvas): reducir el consumo de proteínas por parte de la población, ya que éste, según él mismo, hace que los individuos se dejen llevar por la pasión y se abandonen a los placeres de la vida.

Toma ya. Así que, con esta idea incrustada en la mente, Mr. Green se paseaba día sí y día también por Oxford Street, sosteniendo su famosa pancarta (la cual rezaba: LESS LUST, BY LESS PROTEIN: MEAT FISH BIRD: EGG CHEESE: PEAS BEANS: NUTS AND SITTING PROTEIN WISDOM)y repartiendo panfletos que el mismo imprimía y vendía a unos 11 peniques la unidad. Se cree que unas 80.000 copias de dicho panfleto, titulado “Eight Passion Proteins with Care”, fueron vendidas a lo largo de los años.

Stanley Green en plena faena

Además, y para poder valorar la convicción de este personaje en su justa medida, hay que tener en cuenta que cada día, se desplazaba en bicicleta desde su vivienda en Ealing hasta el centro de Londres, lo que suponían unas dos horas de trayecto diario. Porque es que hay que tener mucha moral para plantarse cada día en la calle, así, a braga quitada, a exponer tus ideas sobre nutrición sin ser un dietista o algo parecido, a la vez que te expones tú mismo a las posibles burlas o agresiones por parte del personal.

Aún con todo esto, Stanley Green nunca le perdió la cara a la causa, y con el tiempo, se convirtió en una figura más y más icónica dentro de la “galería” londinense. Entrevistas en radio, prensa y televisión que ensalzaron su figura hasta tal punto que, tras su muerte, el Oxford Dictionary of National Biography, que recopila las personalidades más importantes de la historia británica, decidió incluirle entre sus páginas. Su obituario, fue así mismo publicado por The Times, The Guardian o The Daily Telegraph, mientras que sus panfletos junto con su famosa pancarta, fueron enviados al Museo de Londres, donde a día de hoy todavía se exhibe la pancarta.

La pancarta exhibida en el Museum of London

Un personaje más, pues, de los muchos que abundan en la historia de Londres y que cuenta con una historia de lo más peculiar. En su caso, una vida entregada a un mensaje que nunca llegó a calar en la sociedad inglesa, pero que él defendió hasta que le abandonaron las fuerzas. Una causa defendida con más moral, pues eso, que el Alcoyano.

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