Archivo mensual: agosto 2011

Duelos a la luz de…¿lámparas de gas?

 A día de hoy se puede decir que caminar de noche por una ciudad tiene su encanto. Al abrigo de las luces de neón, los edificios, calles y, la vida en general, se transforman convirtiendo a la ciudad en un ente lumínico y lleno de vida.

Hace siglos, sin embargo, las cosas no eran así, y, con la llegada de la noche, las familias se recogían en sus hogares donde, los más afortunados, podían disfrutar de un momento en compañía de un libro junto a las velas.

Todo esto empezó a cambiar allá por el siglo XIX, con la ciudad de Londres como testigo de unos hechos que a la postre revolucionarían la iluminación en las urbes del globo. Fue la invención de la lámpara de gas por parte de Frederick Winsor, un inventor alemán, y el primero en conseguir iluminar una calle en toda la historia. La calle era Pall Mall, y una placa situada en el número 100 recuerda los hechos, sucedidos en el año 1807.

Con el tiempo, se instalaron muchas más lámparas en las calles de Londres, pero con la llegada de nuevas fuentes de luz, las mismas se fueron retirando. A día de hoy, unas 1500 sobreviven en algunas calles de la ciudad, curiosamente, en calles cercanas a Pall Mall, como pueden ser Queen’s Walk (el pequeño camino que nos lleva por un lateral de Green Park hasta The Mall) o a las puertas de Buckingham Palace. Por lo tanto, una manera distinta de ver  Londres de noche, con aquellas luces de ayer y que hoy no son sino reliquias del pasado.

De todos modos, la zona guarda algún que otro secreto de antaño. De hecho, fue en uno de estos paseos por sus calles, rememorando el espíritu del Londres más añejo cuando me topé con Pickering Place.

Este pequeño callejón, situado en uno de los laterales de St. James’s Street (para ser más concretos en el número 3, justo al lado de la bodega con más solera del país: Berry Brothers & Rudd), es todo un pedazo de historia atrapado entre los muros de esta zona tan londinense donde abundan algunos de los más exclusivos clubs de caballeros (y con esto no me refiero a Clubs de Striptease, barras americanas y demás, sino a los clubes privados para la clase alta londinense).

Y es que para empezar, Pickering Place fue el lugar donde se ubicó, durante tres años (1842-45), la embajada de la República de Texas, independiente de los Estados Unidos hasta que fue anexionada por los mismos. Una pequeña placa en la entrada interior a la bodega nos lo recuerda.

Pero eso no es todo, ya que al final del pequeño pasillo, el cual conserva los revestimientos de madera auténticos de aquella época, encontramos una pequeña plaza, o lo que es más, la plaza más pequeña de Gran Bretaña.

Bien, pues este espacio de dimensiones tan reducidas era uno de los más demandados en su día para celebrar ¡duelos! De hecho, las sorpresas no acaban aquí ya que se cree que el último duelo con pistolas en las islas se llevó a cabo en Pickering Place, aunque como muchos otros acontecimientos históricos, el origen de esta afirmación está algo difuminado.

Leyendas aparte, no cabe duda de que estamos ante el lugar ideal para terminar un paseo nocturno por el Londres de las lámparas de gas, las cuales, ni que decir tiene, se conservan en perfecto estado e iluminan cada noche este pequeño rincón cercano al palacio de Buckingham.

Aquellos maravillosos juegos

No hay estampa más típica en un bar español que la de cuatro jubilados echando una partida de mus, tapete y amarracos de por medio, y con las copas de brandy a su vera. Eso, y las cabezas de gambas, palillos y servilletas manifestándose en el suelo, mientras el sonido de una cafetera ahoga la conversación que mantienen dos jornaleros en la barra botellín en mano.

Entrar a un pub inglés es bien distinto. Como en España (y en cualquier otra parte), depende mucho de la zona y horas de visita. Si algo se puede afirmar, es que por lo general no encontraremos basura en el suelo, algo que por el contrario es bastante habitual en nuestro país.

¿Y qué hay de los juegos? Bueno, pues si en España se juega al mus o al domino aquí se juega al billar o a los dardos, juegos que, por otra parte, también podemos encontrar en España. También los hay que cuentan con algún juego de mesa tipo Backgammon, y que ceden amablemente a los clientes que así lo requieran. Aunque no es lo más habitual.

Sin embargo, hace décadas existían en las tabernas inglesas otros pasatiempos los cuales, y con el paso del tiempo (me apetecía esta redundancia), han ido cayendo en el olvido. Vamos a hacer pues un repaso a algunos de ellos, y ver hasta qué punto su popularidad ha decaído en las public houses londinenses.

·Skittles: que no son sino los típicos bolos, aunque no la bolera americana que todos conocemos, sino la bolera clásica jugada en muchos países y que, a diferencia de la americana, consta de 9 bolos. De origen egipcio, el skittles se ha jugado en el exterior de los pubs ingleses desde hace lo menos 7 siglos, y su nombre deriva del francés quilles,  su equivalente al otro lado del canal de la Mancha. De las múltiples variedades del skittles repartidas por toda la geografía británica, quiero fijarme en una en particular, ya que todavía podemos encontrarla en algún que otro pub. Se trata del llamado “Devil amongst the tailors”, una versión para jugar bajo techo en la que la bola se encuentra unida a un mástil de madera mediante una cuerda o cadena y para tirar los bolos no hay más que hacerla girar alrededor del mismo. A día de hoy todavía se puede jugar en contados pubs. Que yo recuerde, lo he visto en The Railway Tavern (Crouch End Hill) y en el famoso The Cittie of Yorke (High Holborn), el cual se autoproclama como el pub más antiguo de Londres.

"Devil amongst the tailors" a la izquierda de la imagen en The Railway Tavern

·Ringing the bull: dejamos los bolos a un lado para pasarnos a un pasatiempo mucho más antiguo si cabe. De hecho, sus inicios parecen remontarse a la época de las Cruzadas, cuando algún expedicionario lo importó desde las lejanas tierras de Jerusalén. Teoría que parece confirmarse al conocer que uno de los lugares donde aún se sigue jugando es el pub llamado Ye Olde Trip to jerusalem, en Nottingham, y que, hablando de pubs con solera, está considerado como el segundo más antiguo de las islas. El juego, bastante simple por otra parte, consiste en hacer oscilar un aro colgado del techo, de manera que consigamos engancharlo en un garfio situado en la pared, tradicionalmente en el hocico de algún trofeo de caza como pueden ser un jabalí o un ciervo. Antiguamente se usaba un asta de toro en lugar del garfio. Desafortunadamente, solo he podido encontrar un pub en Londres donde practicarlo. Se trata del Green Man (un nombre muy recurrente) en Putney Heath, donde además, y por lo visto, se suelen organizar pequeños torneos.

"Ye Olde Trip to Jerusalem", uno de los reductos donde jugar al "Ringing the Bull"

·Yard of Ale: he querido dejar para el final el que puede ser uno de los juegos preferidos de muchos grupos de amigos cuando salen a beber a lo loco, ya que siempre hay alguno que apuesta a que es capaz de ingerir cierta cantidad de alcohol en el menor tiempo posible. Bueno, pues The Yard of Ale es algo así pero con alguna variación. Para empezar, Yard of Ale es el nombre de un vaso estrecho y alargado de una yarda de longitud (casi un metro) y que, como su nombre indica se suele rellenar de cerveza ale. Antiguamente era habitual en los pubs, donde los clientes se retaban unos a otros. A día de hoy muy pocos lo tienen ya en exposición, aunque alguno lo guarda detrás de la barra por si algún valiente se atreve con el reto. Se comenta que de realizarlo en condiciones no pagas la consumición. Sin embargo, la empresa no es nada fácil. Primero, porque la capacidad de un Yard of Ale es de casi litro y medio de cerveza y segundo, porque el final del vaso tiene forma de bola la cual, al aislar el aire al inclinarlo para beber, hace que la burbuja libere una gran cantidad de cerveza al llegar casi al final con lo que, de no andarnos con cuidado, acabaremos empapados. Por lo visto, el truco consiste en girar suavemente el vaso a medida que se va bebiendo. En las islas se organizan numerosos concursos para ver quién es capaz de acabarse un Yard of Ale en menos tiempo. El actual record está en 5 segundos y, como curiosidad, hay que decir que el anterior record estaba en posesión del que fuera primer ministro australiano hace 20 años, Bob Hawke.

Casi nada: A Yard of Ale

Por desgracia no se deciros ningún pub, al menos en Londres donde podáis encontrar dicho vaso. Digamos, que no he sido lo suficientemente valiente para preguntar por él, a sabiendas de que si lo hago, estaré aceptando un reto para el que no me veo preparado. Sin embargo, ahí estáis vosotros, mis aguerridos lectores para retar a cualquiera que se os ponga por delante. Por lo tanto, no imitéis a quien escribe y lanzaos a la aventura en el primer pub que se tercie. Pedidlo, coged aire, y no os olvidéis de girarlo según bebéis. De hacerlo bien, podréis abandonar el local con la cabeza bien alta (por el orgullo, lo más seguro es que os de vueltas) y entre los vítores del respetable. ¿Alguien se anima?

La verdadera lucha callejera

Hace cosa de un mes que me di una vuelta por Whitechapel en busca de graffitis y callejones oscuros para luego publicarlos aquí. En aquella ocasión, prometí volver por la zona para rescatar alguna de las muchas historias que, por motivos de espacio, no pude publicar en su momento. Me alegra decir que ese momento ha llegado.

El caso es que hace un par de días, y tras mencionar en mi último post, muy a vuela pluma, los disturbios acaecidos en Londres hace una semana, otra revuelta de mayor importancia histórica pero de similares características (en su forma, no en su fondo) vino a mi memoria.

Y es que, como ya dije en aquel artículo, si de una cosa adolecían estas manifestaciones violentas, es de una base ideológica y de un mensaje y razón de peso.

Todo lo contrario, pues, de lo sucedido el 4 de Octubre de 1936 en las calles de East End en lo que pasó a conocerse como la Batalla de Cable Street, y que enfrentó a la extrema derecha londinense liderada por Oswald Mosley (efectivamente, el padre del que fuera presidente de la FIA durante 16 años, Max Mosley), y a los judíos de la zona, fuertemente respaldados por una amalgama de personajes representando a la izquierda capitalina.

Mosley, saludando a los "Blackshirts"

Ni que decir tiene que un evento de estas características, y teniendo en cuenta las fechas en las que se produjo,  se convirtió en un claro reflejo del contexto histórico de la época, ocurrido apenas unos meses tras el inicio de la Guerra Civil Española y menos de tres años antes de la explosión de la Segunda Guerra Mundial.

En aquella mañana de Octubre del 36, la Unión Británica de Fascistas, integrada por miles de “camisas negras” con Mosley a la cabeza, salió a las calles del East End en una marcha de carácter antisemita, y que buscaba un éxito y respaldo similares a los obtenidos en países como Alemania. No en vano, si se eligió esta zona de Londres en particular fue por el elevado número de judíos residentes en la misma.

Sin embargo, la noticia sobre la marcha corrió como la pólvora en los días anteriores a la misma, y un ejército formado por comunistas, socialistas, anarquistas, irlandeses y expatriados españoles (hasta un total de 300.000 integrantes) se congregó en los aledaños de Commercial Street con el fin de detener la manifestación.

Una instantánea de la lucha en las calles

Eso sí, para cuando llegaron a la altura de Leman Street, unos 10.000 policías les estaban esperando, los cuales, y en su afán por proteger la marcha legalmente organizada por los fascistas acabaron luchando del lado de estos últimos.

Los “Blackshirts”, muy inferiores en número, avanzaban a duras penas, en parte gracias al apoyo de la policía, y se defendían como podían, usando palos y piedras que iban encontrando por el camino. Mientras, el otro bando vio como las mujeres también ayudaban a la causa, lanzando todo tipo de objetos desde las ventanas de sus hogares. Verduras, cacerolas y hasta somieres volaron sobre los tejados del Este londinense.

La situación empeoró más si cabe al llegar a la intersección con Christian Street, ya que varios conductores de tranvía, y que simpatizaban con la izquierda, detuvieron sus trenes provocando un colapso de dimensiones estratosféricas, atrapando en el embotellamiento a unas 400.000 personas según algunas fuentes.

Llegado este punto hay que decir que la participación española fue más importante de lo que en un principio pudiera parecer, ya que, recién comenzada la guerra en España, muchos pusieron rumbo a Europa, y, al ver que el continente seguía los pasos de nuestro país, decidieron defender aquello que no pudieron en su país natal. De hecho, el lema de la marcha anti-fascista aquel 4 de Octubre en Londres fue el “No pasarán” (They shall not pass en inglés)y que sería popularizado por Dolores Ibárrurri (quien a su vez imitó el “Ils ne passeront pas” pronunciado por el mariscal Petain en el sitio de Verdún) durante el asedio de las tropas nacionales a la ciudad de Madrid.

Volviendo a la revuelta, y tras el bloqueo de los tranvías, ésta se desplazó al único lugar posible, esto es, a Cable Street. Fue aquí donde se dieron las escenas más cruentas, así como las más inverosímiles. Según el libro “The Battle of Cable Street”, un testigo afirmaba lo siguiente: “Lo más sorprendente era ver a un Judío Ortodoxo con su abrigo de seda, luchando junto a un marinero irlandés sosteniendo un rezón”.

Tras 3 horas de denodada lucha, la policía instó a los fascistas a retirarse ya que estaban viéndose claramente superados por sus contrarios. Sin otra opción plausible a la vista, y con la cabeza gacha, los “camisas negras” fueron poco a poco abandonando la zona, poniendo así punto y final a cualquier manifestación de tipo fascista en el Reino Unido en los años previos a la guerra.

A día de hoy, una placa en la intersección entre Dock Street y Cable Street nos recuerda estos hechos. Así mismo, y en la misma Cable Street a la altura de Library Place se encuentra un mural realizado en los 80 sobre la fachada de un edificio, y que representa lo que fue la batalla, una batalla que enfrentó a la izquierda y la derecha en las calles de Londres, en lo que sería un anticipo de lo que el mundo sufriría en sus propias carnes años más tarde.

Vuelta a las andadas

Se acabó lo que se daba. Tras unos días de descanso, vuelvo a mis queridos blog y ciudad. Ciudad que, por otra parte, me ha recibido como me esperaba, con un día lluvioso y más bien fresco, y que contrasta notablemente con los que he disfrutado por tierras españolas. Vamos, que he vuelto a la rutina por la puerta grande.

Sin embargo, lo que no me esperaba tanto (ni yo ni nadie), son las revueltas que han tenido lugar durante los últimos días en la ciudad de Londres y que por suerte van, en principio, remitiendo. Respecto a esto poco se puede añadir que no se haya dicho ya, máxime teniendo en cuenta que ni siquiera me encontraba en el país cuando estalló la movida. Pero vamos, que en algún sitio he oído y leído cosas en plan: “los jóvenes se rebelan contra el sistema” o “la muerte del joven Duggan fue la gota que colmó el vaso”, mientras que lo que yo veo en televisión y periódicos es a multitud de chavales saqueando tiendas y todo lo que pillan a su paso. Por favor, si en mi colegio hacían desfiles de Carnaval con más fondo ideológico.

En fin, por suerte, y como ya he dicho parece que las aguas vuelven a su cauce. No obstante, no es de los disturbios de lo que quiero hablar hoy sino de algo mucho más veraniego y que desafortunadamente más de uno habrá sufrido o sufrirá durante estas fechas: los retrasos en el transporte, se llame avión, tren, o barco.

Y es que todos los hemos sufrido alguna vez en nuestras carnes. De producirse en un aeropuerto, pueden llegar a ser más desesperantes aún si cabe, ya que una vez pasas los controles te encuentras encerrado sin posibilidad de salir a que te de el fresco.

Dicho esto, el otro día me vino a la cabeza uno de esos lugares que nadie se imaginaría en el centro de Londres y que, además, dada su cercanía a una gran estación como es la formada por King’s Cross y St. Pancras, puede ser una opción en caso de que nuestro tren salga con retraso y queramos relajarnos viendo algo distinto.

De hecho, este lugar se encuentra a apenas 250 metros de la entrada de la estación y justo enfrente de las vías por donde pasan los trenes Eurostar camino de Francia y Bélgica. Se trata de Camley Street Natural Park, una reserva natural de una hectárea de extensión y que, situada junto al canal que nos lleva hasta Camden, supone todo un oasis donde respirar algo de aire puro en una zona dominada por las eternas obras en los alrededores de la estación de trenes.

Si bien es cierto que sus proporciones no son nada del otro mundo, el hecho de su ubicación lo hace muy especial. Y es que una vez se cruza la puerta de entrada uno se ve transportado a otro mundo, desde luego alejado del ajetreo de King’s Cross. A más de uno le sorprenderá.

Dentro se puede realizar un breve circuito a través de pequeñas pistas que nos llevarán a rodear el recinto, pasando incluso cerca de un estanque que se encuentra en su interior y que está habitado por distintas especies de peces o anfibios.

Camley Street Natural Park fue creado en el año 1984 a partir de los restos de un antiguo almacén de carbón, y a día de hoy la organización London Wildlife Trust es la encargada de su mantenimiento. De hecho, de los casi 60 espacios naturales llevados por dicha organización en Londres, éste es con diferencia el más céntrico, y, por tanto, el más peculiar en una ciudad de estas características.

Por lo tanto un plan perfecto para escapar, ya sea de la estación porque tu tren sale tarde o bien para huir del estrés, la rutina, o  incluso los disturbios, quién sabe. Aunque lo que de verdad te deseo es que te relajes, que pruebes cosas nuevas y que las revueltas no te toquen de cerca. Y, por encima de todo, que tu tren, salga a su hora. Un saludo a todos aquellos que todavía no se hayan marchado de vacaciones. Enjoy!

·Y si de verdad quieres disfrutar de Camley Street Natural Park, que mejor que junto a tu pareja. Echa un ojo a nuestra Jornada para enamorados en London Incognito y descubre muchas más sorpresas.