Archivo mensual: noviembre 2011

Los orígenes del Black Cab

 Los términos ciudad y transporte, han ido siempre de la mano desde tiempo inmemorial, o más bien, desde que las primeras se expandieron de tal manera, que fue necesario el desarrollo de distintos medios de desplazamiento que de alguna manera acortasen las distancias y los tiempos que se tardaba en recorrerlas. Lo del transporte público ya vendría más tarde, cuando los ayuntamientos crearon redes de transporte con servicios regulares y con precios al alcance de todos (o casi). Sin embargo hasta entonces, solo los más pudientes, que eran los menos, se podían permitir el cruzar la ciudad de cabo a rabo, o, ya centrándonos en el caso de la ciudad de Londres, cruzar el Támesis rápidamente en una de las docenas de embarcaciones que se apostaban en las orillas del río y que al grito de “Oars!”, acudían prestas a realizar un servicio que solía costar de media unos 6 chelines.

Mucho han cambiado las cosas y a día de hoy, no hay ciudad en el mundo que no cuente con una extensa red de transporte público, ya sean autobuses, tranvías, trenes o el tan popular metro. Distintos medios de transporte que por otra parte, y en muchos casos, se han convertido en un atractivo turístico más de la ciudad en cuestión. Y si no que se lo pregunten a los que visitan Venecia, a ver quién no ha tenido como mínimo la intención de subirse a una góndola. ¿Y qué me decís de los tranvías en ciudades como Lisboa o San Francisco? ¿Y los populares taxis de Nueva York? ¡Pero si hasta en Mijas, una ciudad de Málaga, el medio de transporte más popular y principal atractivo turístico son los burrotaxis, una especie de carrozas tiradas por burros!

En fin, de todo hay en la viña del Señor, y Londres no es una excepción. Empezando por la red de metro, un símbolo de la ciudad y cuyo diseño ha inspirado innumerables souvenirs. O por ejemplo los autobuses de dos plantas, los cuales, aunque no son exclusivos de la ciudad de Londres, casi siempre son asociados con la misma. Y al final de la lista, pero no menos importantes, encontramos los famosos black cabs de Londres, es decir, los taxis de la capital con ese diseño tan particular.

Y es de la historia de estos últimos de lo que quiero hablar hoy, aunque para eso habrá que remontarse a los tiempos de Isabel I de Inglaterra, allá por el siglo XVI. Por aquel entonces, las dimensiones de la ciudad hacían que todavía fuera posible el recorrerla a pie, así que solo aquellos que contaban con más recursos, se podían permitir el tener su propio carruaje para desplazamientos. Sin embargo, en el año 1600, el Lord Mayor (el alcalde de la City of London) prohibió los espectáculos teatrales en la City, por lo que las compañías se movieron a las poblaciones de alrededor, más en concreto a Shoreditch y Southwark. Fue en este momento, en el que la gente empezó a desplazarse al exterior, cuando se empezaron a desarrollar los precursores de los taxis londinenses: los hackney coaches. Para aquel que no lo sepa, aún a día de hoy los taxis londinenses son denominados oficialmente hackney carriages. El término “hackney” proviene del vocablo francés “haqueneé”, que define a un caballo de alquiler.

Imagen (algo borrosa) de uno de los primeros Hackney coaches

El negocio de los hackney coaches se desarrolló a una velocidad mareante, tanto es así, que en apenas 50 años el consistorio londinense emitió una orden mediante la cual se instaba a los conductores de estos desfasados taxis a sacarse una licencia, lo cual permitiría al ayuntamiento regular una industria que empezaba a escaparse a su control. La primera licencia fue expedida alrededor del año 1660 y para el año 1711 ya se contaban más de 800 licencias solo en la City. Estas costaban 5 peniques por semana, y solo algunas permitían al titular circular durante los Domingos.

Por aquel entonces, y ya hablamos del siglo XVIII, una carrera desde Westminster hasta St. Paul nos costaría unos 18 chelines, mientras que desplazarnos desde Gray’s Inn (detrás de Chancery Lane) hasta el teatro Sadler’s Wells nos saldría por apenas un chelín.

Sin embargo, aunque cada vez más numerosos, los hackney coaches no gozaban de muy buena fama. Primero, porque la mayoría de las veces se encontraban en un estado deplorable, siendo temidos como foco de infecciones. Y segundo, porque habían hecho que el tráfico en la ciudad se volviese caótico, ruidoso y por lo general una pesadilla para el resto de conductores y transeúntes. Con este vídeo nos podemos hacer una idea del caos circulatorio imperante en el Londres de hace un par de siglos.

El siglo XIX trajo consigo ciertas mejoras, al menos en lo que al aspecto de los carruajes se refiere. Por ejemplo, en el año 1823 se introdujo en las calles londinenses un nuevo modelo importado desde Francia llamado Cabriolet, y que rápidamente se volvió bastante popular por su diseño y rapidez. Es de este término francés del que deriva la palabra “cab”, el término más usado en nuestros días.

No sería hasta principios del siglo XX que los londinenses verían circular por sus calles los primeros black cabs a motor. Desde entonces, más de 50 modelos distintos han transportado a londinenses y turistas por las calles de la ciudad hasta nuestros días, en los que el modelo TX4 es sin duda el más abundante. Muchos de ellos, además, mostrando en su exterior publicidad de lo más variopinta.

Por lo tanto, un medio de transporte que, y como el resto, se ha mostrado siempre en continua evolución, además de ser parte inherente de la historia de la ciudad. Y ya que hablamos de medios de transporte y evolución, no hay que olvidar que en apenas dos meses, veremos circular por las calles de Londres el nuevo modelo de autobús de dos plantas. Con un diseño bastante moderno, estos nuevos autobuses rendirán su pequeño homenaje al Routemaster original, dejando para eso la parte trasera abierta como se estilaba hace unos 40 años. Aquí os dejo un enlace como adelanto de lo que veremos circulando a partir de Enero.

New Bus for London

“Bicicleando” por Epping Forest

Cuando uno se encuentra en medio de una gran ciudad, rodeado de edificios, vehículos circulando a gran velocidad y toda la parafernalia tipo semáforos, letreros luminosos y demás que componen el paisaje urbano típico, lo más seguro es que no se pare a pensar en que pueda existir otra realidad distinta a esa.

Y no es que no sepamos que existe vida más allá de los límites de la metrópoli, lo que pasa es que el mundo de hormigón y asfalto, con sus prisas y obligaciones, nos atrapa de tal manera en sus entrañas que a veces parecemos estar viviendo en una burbuja autárquica, sin apenas relación con el exterior.

Pero la verdad es que el exterior existe, por muy grande que sea la ciudad, y, al menos de momento, los espacios abiertos siguen ganando en extensión a los espacios urbanos en todo el planeta.

Londres, aunque pueda parecer muy grande (que lo es), también tiene sus límites. Aunque claro, una ciudad de estas dimensiones no se acaba con un punto y final, o con una muralla que la separe del entorno que la rodea. No. Más bien se difumina poco a poco en el paisaje boscoso, salpicando las colinas y esplanadas de pequeños edificios, como si se resistiese a una muerte inevitable. Pues bien, es en esa zona de nadie, cuando la urbe exhibe el poco ladrillo que le queda y la naturaleza empieza a mostrarse cada vez más insultante, donde se encuentran muchas de las mejores reservas naturales de la ciudad, como los conocidos Hampstead Heath o Richmond Park.

Sin embargo, la reserva más grande de todas, y sin embargo mucho menos conocida, es la que se encuentra al Noreste de la ciudad, en los límites de la misma con el condado de Essex. Se trata de la reserva natural de Epping Forest, un bosque con más de mil años de antigüedad con lagos y pantanos por doquier y en donde las palabras calma, paz y relajación fluyen por sus riachuelos o yacen en sus pistas y caminos.

Una delicia para los sentidos que además, en estas fechas, se muestra mucho más llamativa si cabe, con un despliegue de amarillos y ocres que acentúan el sentimiento otoñal que de entrada  aportan la multitud de hojas en el suelo y sus caminos embarrados.

Con esas, ayer me decidí a acercarme por la zona e intentar conocer de primera mano lo que antes solo había visto en fotografías. He de decir, además, que en esta ocasión me desplacé hasta allí vía bicicleta, un poco de locura teniendo en cuenta que me esperaban más de 30 kilómetros entre la ida y la vuelta (y sin contar, que no me lo esperaba, con el aguacero que me cayó a la vuelta), aunque una vez allí mereció la pena, ya que la extensión del parque es tal, que de haber ido andando no hubiera visto ni la mitad de lo que vi.

De todas formas, para el que se decida a ir en metro, la mejor parada es Loughton en la Central Line, y desde ahí  caminad por Forest Road que os llevará directamente al corazón del bosque. Además, esta misma zona de Loughton, parece ser la más interesante para parar a comer, ya que cuenta con multitud de establecimientos (a tener en cuenta la diferencia de precios con el centro de Londres) y con más de un pub con bastante encanto en las lindes del bosque.

Por mi parte, entre que me perdí y di más vueltas que un tiovivo, llegué poco antes de la hora de la comida, pero eso sí, me dio tiempo de sobra a pasearme durante unas dos horas por la reserva, la verdad sin rumbo fijo, pero con la esperanza de que cuando me decidiera a volver encontraría el camino de vuelta. Durante ese par de horas me tropecé con todo tipo de paisajes, desde granjas donde el ganado (unas vacas de tamaño considerable) andaba suelto, hasta pequeños valles que, según leí más tarde, tienen su origen en la época glacial. Por sus valles en forma de uve, también me topé con numerosos jinetes. Esto, y la gran cantidad de marcas de herraduras en el barro, me hace pensar (que listo soy), que los paseos a caballo están a la orden del día en el parque. Todo este sube y baja, en donde a ratos el amarillo de las hojas reposando en el suelo hacía daño a la vista, me dio un poco de hambre, así que decidí bajarme a Loughton a comer. Una visita rápida, sí, pero que pienso repetir con más calma, y, a ser posible, mirando la predicción del tiempo antes de salir de casa. Por aquello de no volver hecho una sopa.

Algunas fotos de mi otoñal periplo…

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La vida pasa. Como las nubes

La vida pasa para todos, y al final, nadie es ajeno a los cambios, a veces para bien, a veces para mal, que la vida trae consigo.

Hace ya unos nueve meses que comencé a escribir este blog, colaborando así con esta empresa y haciendo mío su objetivo: enseñar un Londres diferente a las muchas personas que lo visitan cada año, y, navegando por sus calles, sus gentes, y su historia, sacar a la luz las pequeñas joyas que la ciudad atesora.

Lamentablemente, el crecimiento inevitable de esta joven empresa, hace que uno tenga que centrarse en asuntos más relevantes y deje de lado otros aspectos, que, por otra parte, son los que más le llenan al final del día.

Este blog, es un claro ejemplo, y como muchos habéis notado, durante las últimas semanas me he mostrado más ausente de lo que me hubiera gustado. Desde aquí gracias a todos por vuestros mensajes de apoyo y si hay algo que quiero dejar claro es que el blog no va a cerrar ni mucho menos, aunque si me veré obligado a escribir con menos frecuencia que en meses anteriores.

Eso sí, ya que lo haré en pequeñas dosis, que por lo menos sea trayendo propuestas de calidad. Como la que os traigo hoy.

Hace un par de días tuve la oportunidad de asistir al aniversario de un colectivo que en poco tiempo ha crecido como la espuma en los aledaños de Kingsland Road, cerca de la estación de Overground de Dalston Junction.

Se trata de la agrupación de artistas Passing Clouds, cuyos headquarters se encuentran cerca de la citada calle, para ser más exactos, en una pequeña warehouse en el número 1 de Richmond Road.

Dicho colectivo aboga por un desarrollo sostenible y por un futuro mejor para todos a través de la mezcla de culturas (Londres es quizá el lugar idóneo para esto) y de la expresión artística. Es por eso que ofrecen su local como plataforma para numerosos artistas locales, y que usan sus escenarios, paredes o salas para expresarse y mostrar a la gente sus creaciones, dándoles así una oportunidad que de lo contrario se les negaría. Es posible que el trillado, mega turístico y overrated Café 1001 de Bricklane comenzase como algo así hace tiempo.

De todas las actividades que se programan a diario en esta sala de dos plantas llevada casi en exclusiva por voluntarios, una de las que más sorprende por lo general, es la que se lleva a cabo los Domingos a partir de las seis y media de la tarde, y a la que como he dicho, tuve el placer de asistir hace un par de tardes.

Y es que los Domingos se organiza la llamada The People’s  Kitchen, una jornada en la que cualquiera puede participar, y en la que el objetivo es el de enseñar cómo realizar una buena gestión de los recursos alimenticios. Para ello, se recolectan todos los excedentes de comida de ese día provenientes de los restaurantes y comercios de la zona, y con ellos se cocinan distintos platos que a partir de las seis y media como ya he dicho, se ofrecerán a cualquiera que se pase por allí, de forma totalmente gratuita, aunque se incita a los comensales a ofrecer una donación que por lo que yo vi, raramente excedía las dos libras. Vamos, que puedes ir allí a comer por la cara.

Una vez acabada la cena (durante la cual nos ofrecieron champán y cerveza de jengibre), y una vez el personal había terminado de recoger (aquí cada uno lava su plato), se despejó el escenario y dio comienzo una sesión de jamming, en esta ocasión con músicos africanos como protagonistas, que acercaron sus cantos, danzas e instrumentos a nosotros, los fríos europeos.

Una velada por lo tanto que mereció la pena, no solo por la comida, que estaba bastante bien, sino por compartirla con toda la gente interesante que allí conocí, y formando parte de una idea que, si bien parece un poco obsoleta y con olor a naftalina, hace que uno se sienta bien pensando en que puede haber un mundo mejor.

Aquí os dejo un par de enlaces…

 http://www.passingclouds.org/

http://thepeopleskitchen.org/

…y algunas fotos:

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·Y para demostrar que los esfuerzos tienen su recompensa, la web de viajes Tripadvisor ha reconocido a London Incognito con el Certificado de Excelencia turística para este año 2011, el cual luce lustroso en nuestras oficinas. Gracias a todos los que ya habéis descubierto Londres de una forma diferente y os habéis molestado en dejar vuestros comentarios en dicha web. Y sobre todo, gracias a Julie Miquerol, sin la que nada de esto habría sido posible.