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Clerkenwell: entre spas y tabernas

Al norte del mercado de Smithfield, más allá de los dominios del Lord Mayor y por ende de su jurisprudencia por definición, la City, se extiende el barrio conocido como Clerkenwell, un pedazo de historia a menudo ensombrecido por sus vecinas King’s Cross y Angel. Una historia donde se mezclan a partes iguales un pasado eclesiástico y la existencia de numerosos manantiales que fueron convertidos en spas donde los londinenses del siglo XVIII venían a relajarse en sus ferruginosas aguas.

De lo primero, no queda mucho más que lo que podemos ver en otros barrios de Londres. Si acaso, un buen puñado de parroquias y pequeñas iglesias entre las que destaca la iglesia de St.James, del año 1792.

Aunque sin duda, no podemos hablar de este barrio perteneciente al distrito de Islington, sin mencionar a la orden de St. John, una orden de caballería fundada a mediados del siglo XIX en el mismo Clerkenwell, y que fijó su sede junto a la “Puerta de St. John” (St. John’s Gate), en un edificio que hasta entonces servía como taberna (“Old Jerusalem Tavern”) y que en el pasado formaba parte de la entrada sur al priorato de los Caballeros de St. John.

A día de hoy, St. John’s Gate es la única superviviente de aquel priorato, y todavía se mantiene como sede de la orden de St. John, cuyo museo se encuentra justo bajo la puerta, y cuyo símbolo y escudo sonará a más de uno ya que se puede ver en multitud de ambulancias (St. John Ambulance) que pertenecen a la asociación y que se dedican a realizar obras de caridad.

Otro indicativo del monástico pasado de Clerkenwell, es la existencia del pozo de Clerks (en inglés Clerks’ Well)y que como os habréis imaginado sirve para dar nombre a este barrio que puede presumir de ser uno de los que más bicicletas por habitante tiene en la ciudad de Londres. El pozo de Clerk, se encuentra en Farringdon Lane, justo al lado del City Pride pub, y dado que está situado dentro de unas oficinas, si queremos visitarlo tendremos que concertar una visita de antemano poniéndonos en contacto con el centro de historia de Islington. Sin embargo, si lo que queremos es simplemente echar un vistazo, con asomarnos por la ventana nos bastará. Este pozo, era uno de los incontables manantiales de la zona, y su existencia se remonta hasta como mínimo la alta Edad Media, de donde provienen los primeros escritos que hablan de su existencia.

Placa junto al Clerks' Well donde se puede leer de manera errónea "barrio de Finsbury", el cual ya no existe como tal llamándose Islington desde el año 1965.

Aunque si Clerks’ Well fue importante, no lo fueron menos otros manantiales de la zona. Hay que tener en cuenta, que nos encontramos al lado de Farringdon Road, o lo que es lo mismo, al este del otrora valle del Fleet, uno de los ríos perdidos de Londres, y que cruzaba la ciudad desde los altos de Hampstead Heath donde nacía (y nace, aunque ya no fluya sobre tierra) hasta su desembocadura en el Támesis junto a Blackfriars. De aquí pues, la predominancia de aguas subterráneas en la zona.

Caminando hacia el norte por Farringdon Road, antes de cruzarnos con otro de los ya mencionados manantiales, y si dirigimos la vista hacia la derecha, daremos con Exmouth Market un mercadillo callejero situado en la calle del mismo nombre.

Dejando a un lado Exmouth Market y subiendo por King’s Cross Road, justo enfrente del hotel Travelodge, tenemos lo que en su día fue Bagnigge Wells, uno de los spas más famosos del siglo XVIII, y por cuyos jardines fluía el ya citado río Fleet para deleite de los londinenses que se desplazaban hasta el lugar. Nada o casi queda ya de estos baños, salvo una inscripción en una de las viviendas en donde se hace referencia a “The Pinder a Wakefeilde”, un pub de la zona inaugurado en el año 1517 y que hace quince fue renovado y renombrado como “The Water Rats”.

Más al norte si cabe, casi llegando a King’s Cross, y si miramos con atención a nuestra izquierda, nos toparemos con un pequeñísimo callejón llamado St. Chad’s Place, y que en su día nos guiaba hasta St.Chad’s spa, otro de los manantiales de la zona y que fue destruido por completo tras la construcción de la línea de metro Hammersmith&City, a finales del siglo XIX.

Entrada a St. Chad's Place

Con St. Chad’s spa, hemos llegado al final de nuestro recorrido por aquellos manantiales que en su día inundaron (nunca mejor dicho) esta zona, y de los cuales hoy no queda ni uno. Sin embargo, y para que veáis que no todo es historia en Clerkenwell, vamos a hacer un repaso final por otro de los elementos que más abundan, ahora sí, a día de hoy, por las calles de este céntrico barrio de la capital. Porque si a los londinenses del siglo XVIII les gustaba mojarse de cuerpo entero, a los del siglo XXI con mojarse el gaznate les basta. Y es que, mientras otros barrios adolecen de falta de bares, pubs o tabernas, Clerkenwell tiene para exportar, algunos de ellos convertidos en gastropubs y otros con historias de lo más curiosas.

·The Coach and Horses (Ray Street): si antes hablábamos del Fleet, este lugar es parada obligatoria, ya que en días lluviosos, si nos situamos junto a una alcantarilla enfrente del mismo, podremos oír el río fluir bajo nuestros pies.

·The Fox and Anchor (Charterhouse Street): sin duda uno de los mejores gastropubs que he visitado en Londres. A little bit pricey (un poco carero) como dirían por aquí pero es uno de los pocos (por no decir el único) en los que la cocina es auténticamente inglesa (para lo bueno y para lo malo), por no hablar de las cervezas, todas elaboradas en Londres.

·The Castle (Cowcross Street): curiosa historia la de este sitio. Si os fijáis bien, justo sobre la entrada podemos ver tres bolas doradas colgando. Como algunos  sabréis, esto simboliza que el lugar en cuestión hace las veces de casa de empeños. La explicación de porqué un pub tradicional ejerció en su día funciones de prestamista se remonta al siglo XVIII. Según cuenta la leyenda, el por aquel entonces rey, Jorge IV, se encontraba en la taberna disfrutando con el resto de paisanos de una pelea de gallos. Al ir a pagar una de sus consumiciones, se encontró con que no tenía dinero, por lo que ofreció al tabernero su reloj de oro para que se lo tasase y le diera la parte equivalente en efectivo. El tabernero rehusó, esgrimiendo que no podía ya que no disponía de la licencia correspondiente, a lo que el rey, seguramente algo achispado contestó: “¿Y para qué estoy yo aquí sino? ¡Ahora mismo te proporciono una!”. Y efectivamente así lo hizo. No hace falta decir que el propietario del pub no tardó en usar el hecho como reclamo para clientes, proclamando que se trataba del único pub del mundo con licencia para préstamos. A día de hoy sin embargo, me consta que prefieren dinero como forma de pago.

Imagen de The Castle en la que se pueden apreciar las tres bolas doradas, a la derecha del escudo del pub

Aparte de estos tres, otros pubs que merecen una visita serían “The Jerusalem Tavern” (Britton Street); “The Slaughtered Lamb” (Great Sutton Street);  “The Exmouth Arms” (en Exmouth Market); “The Apple Tree” (Mount Pleasant Street); o el ya mencionado “The City Pride” (Farringdon Lane).

Los orígenes del Black Cab

 Los términos ciudad y transporte, han ido siempre de la mano desde tiempo inmemorial, o más bien, desde que las primeras se expandieron de tal manera, que fue necesario el desarrollo de distintos medios de desplazamiento que de alguna manera acortasen las distancias y los tiempos que se tardaba en recorrerlas. Lo del transporte público ya vendría más tarde, cuando los ayuntamientos crearon redes de transporte con servicios regulares y con precios al alcance de todos (o casi). Sin embargo hasta entonces, solo los más pudientes, que eran los menos, se podían permitir el cruzar la ciudad de cabo a rabo, o, ya centrándonos en el caso de la ciudad de Londres, cruzar el Támesis rápidamente en una de las docenas de embarcaciones que se apostaban en las orillas del río y que al grito de “Oars!”, acudían prestas a realizar un servicio que solía costar de media unos 6 chelines.

Mucho han cambiado las cosas y a día de hoy, no hay ciudad en el mundo que no cuente con una extensa red de transporte público, ya sean autobuses, tranvías, trenes o el tan popular metro. Distintos medios de transporte que por otra parte, y en muchos casos, se han convertido en un atractivo turístico más de la ciudad en cuestión. Y si no que se lo pregunten a los que visitan Venecia, a ver quién no ha tenido como mínimo la intención de subirse a una góndola. ¿Y qué me decís de los tranvías en ciudades como Lisboa o San Francisco? ¿Y los populares taxis de Nueva York? ¡Pero si hasta en Mijas, una ciudad de Málaga, el medio de transporte más popular y principal atractivo turístico son los burrotaxis, una especie de carrozas tiradas por burros!

En fin, de todo hay en la viña del Señor, y Londres no es una excepción. Empezando por la red de metro, un símbolo de la ciudad y cuyo diseño ha inspirado innumerables souvenirs. O por ejemplo los autobuses de dos plantas, los cuales, aunque no son exclusivos de la ciudad de Londres, casi siempre son asociados con la misma. Y al final de la lista, pero no menos importantes, encontramos los famosos black cabs de Londres, es decir, los taxis de la capital con ese diseño tan particular.

Y es de la historia de estos últimos de lo que quiero hablar hoy, aunque para eso habrá que remontarse a los tiempos de Isabel I de Inglaterra, allá por el siglo XVI. Por aquel entonces, las dimensiones de la ciudad hacían que todavía fuera posible el recorrerla a pie, así que solo aquellos que contaban con más recursos, se podían permitir el tener su propio carruaje para desplazamientos. Sin embargo, en el año 1600, el Lord Mayor (el alcalde de la City of London) prohibió los espectáculos teatrales en la City, por lo que las compañías se movieron a las poblaciones de alrededor, más en concreto a Shoreditch y Southwark. Fue en este momento, en el que la gente empezó a desplazarse al exterior, cuando se empezaron a desarrollar los precursores de los taxis londinenses: los hackney coaches. Para aquel que no lo sepa, aún a día de hoy los taxis londinenses son denominados oficialmente hackney carriages. El término “hackney” proviene del vocablo francés “haqueneé”, que define a un caballo de alquiler.

Imagen (algo borrosa) de uno de los primeros Hackney coaches

El negocio de los hackney coaches se desarrolló a una velocidad mareante, tanto es así, que en apenas 50 años el consistorio londinense emitió una orden mediante la cual se instaba a los conductores de estos desfasados taxis a sacarse una licencia, lo cual permitiría al ayuntamiento regular una industria que empezaba a escaparse a su control. La primera licencia fue expedida alrededor del año 1660 y para el año 1711 ya se contaban más de 800 licencias solo en la City. Estas costaban 5 peniques por semana, y solo algunas permitían al titular circular durante los Domingos.

Por aquel entonces, y ya hablamos del siglo XVIII, una carrera desde Westminster hasta St. Paul nos costaría unos 18 chelines, mientras que desplazarnos desde Gray’s Inn (detrás de Chancery Lane) hasta el teatro Sadler’s Wells nos saldría por apenas un chelín.

Sin embargo, aunque cada vez más numerosos, los hackney coaches no gozaban de muy buena fama. Primero, porque la mayoría de las veces se encontraban en un estado deplorable, siendo temidos como foco de infecciones. Y segundo, porque habían hecho que el tráfico en la ciudad se volviese caótico, ruidoso y por lo general una pesadilla para el resto de conductores y transeúntes. Con este vídeo nos podemos hacer una idea del caos circulatorio imperante en el Londres de hace un par de siglos.

El siglo XIX trajo consigo ciertas mejoras, al menos en lo que al aspecto de los carruajes se refiere. Por ejemplo, en el año 1823 se introdujo en las calles londinenses un nuevo modelo importado desde Francia llamado Cabriolet, y que rápidamente se volvió bastante popular por su diseño y rapidez. Es de este término francés del que deriva la palabra “cab”, el término más usado en nuestros días.

No sería hasta principios del siglo XX que los londinenses verían circular por sus calles los primeros black cabs a motor. Desde entonces, más de 50 modelos distintos han transportado a londinenses y turistas por las calles de la ciudad hasta nuestros días, en los que el modelo TX4 es sin duda el más abundante. Muchos de ellos, además, mostrando en su exterior publicidad de lo más variopinta.

Por lo tanto, un medio de transporte que, y como el resto, se ha mostrado siempre en continua evolución, además de ser parte inherente de la historia de la ciudad. Y ya que hablamos de medios de transporte y evolución, no hay que olvidar que en apenas dos meses, veremos circular por las calles de Londres el nuevo modelo de autobús de dos plantas. Con un diseño bastante moderno, estos nuevos autobuses rendirán su pequeño homenaje al Routemaster original, dejando para eso la parte trasera abierta como se estilaba hace unos 40 años. Aquí os dejo un enlace como adelanto de lo que veremos circulando a partir de Enero.

New Bus for London

Londres y la mafia

Desde finales del siglo XIX, la historia de numerosos barrios londinenses ha estado ligada durante muchos años a distintas asociaciones de mafiosos que practicaban delitos como la extorsión, el fraude, la falsificación de divisa o las peleas ilegales y que se lucraban con negocios relacionados con el mercado de las armas o el sexo.

Muchas de estas asociaciones, auténticas familias con una herencia de varios años en el mundo de la mafia, gobernaron en sus respectivos distritos siendo temidos y respetados por vecinos e incluso autoridades.

Así, durante los años 60 y 70, el sur fue gobernado por una banda conocida como los Richardsons, apellido que correspondía a los líderes, Charlie y Eddie, dos hermanos que se “dedicaban” al negocio de la chatarra.

Algunas décadas antes de la llegada de los Richardsons al panorama londinense, el Soho era sin duda la zona de mayor actividad para los mafiosos, involucrados todos ellos en el negocio de la explotación sexual y el proxenetismo, ya que por aquel entonces las calles al norte de Shaftesbury Avenue y Piccadilly estaban inundadas de burdeles y prostitutas. La mayoría de los integrantes de las distintas bandas en aquellos días, era de origen extranjero. Como por ejemplo, Eddie Manning, un jamaicano que regentaba un prostíbulo junto a su novia griega o incluso un español, Juan Antonio Castañar, socio del anterior y propietario de una escuela de baile en donde curiosamente se bailó el tango por primera vez en las islas.

Años más tarde, durante los años 30 y 40, la familia Messina, compuesta por cinco hermanos de origen italiano, fue la encargada de recoger el testigo. Y es que las mafias italianas (sobre todo la siciliana) también han tenido su cuota de protagonismo en la ciudad de Londres. Impactante fue la imagen con la que se despertó la capital en la mañana del 18 de Junio de 1982 cuando Roberto Calvi, un banquero italiano, fue encontrado colgando del puente de Blackfriars con ladrillos en los bolsillos y con la cartera rebosante de dinero. Vamos, como si esto fuera Chicago en los años 20. Se cree que el bueno de Calvi habría pedido dinero a la mafia para intentar salvar el Banco Ambrosiano de la ruina, del cual era el presidente, y nunca lo pudo devolver.

Sin embargo, de todas las mafias, hubo una que sobresalió por encima del resto: los gemelos Kray. Nacidos en el barrio de Hoxton , Ronnie y Reggie, pues así se llamaban, empezaron a despuntar ya desde bien jovencitos, siendo líderes de distintas bandas a lo largo de su juventud, y convirtiéndose en excelentes boxeadores. Una vez alcanzaron la madurez, los Kray adquirieron un club de billar dejado de la mano de Dios en Mile End, y lo convirtieron en la que sería sede de su banda.

The Kray twins: Reggie (izq) y Ronnie (der)

Pronto juntaron un pequeño “ejército”, y comenzaron a extender su influencia por todos los barrios del este, frecuentando pubs y locales de dudoso perfil donde eran conocidos tanto por los publicans como por los locals. Con el tiempo expandieron su imperio a otras zonas de Londres, regentando clubes en Knightsbridge o el West End. Como Reggie dijo una vez: “Carnaby Street domina la moda;los Beatles y Rolling dominan la música; y los Kray dominan en Londres”. Afirmaciones como esta, y el hecho de que se estuvieran haciendo con el control de la ciudad, les llevó a enfrentarse en varias ocasiones con su banda rival, los Richardsons, que intentaban expandirse al norte del rio.

De esta rivalidad surgieron un buen puñado de episodios que acabaron con algún integrante de ambas bandas en caja de pino.  Tal fue el caso de George Cornell. Cornell, integrante de los Richardsons, estaba en el punto de mira de los Kray desde hacía años ya que estos creían que era quien estaba detrás de la muerte de su primo, Dickie Hart. Además, en una ocasión, llamó a Ronnie “gordo maricón”, siendo la homosexualidad de Ronnie algo sabido por todo el mundo. Así, en la tarde del 9 de Abril de 1966, Ronnie, quien había recibido un chivatazo de que Cornell se encontraba en el Blind Beggar pub, se presentó en el local y sin mediar palabra descerrajó tres tiros sobre el mafioso acabando con su vida en el acto. Hasta hace algo más de diez años, el pub todavía conservaba las marcas de disparos en el techo.  Aunque aquel día el pub se encontraba lleno de testigos, ninguno se atrevió a identificar a Ronnie como el culpable cuando fueron interrogados por la policía.

Imagen actual del Blind Beggar

Con los años, y especialmente tras el asesinato de otro mafioso llamado MacVitie, y del cual nunca se encontró el cuerpo, las autoridades decidieron poner fin al imperio de los Kray. Para ello, fueron detenidos y puestos bajo custodia con la esperanza de que, durante el tiempo que estuvieran encerrados, los posibles testigos de sus asesinatos perdiesen el miedo a declarar. Y así fue. Un gran número de testigos, incluido el barman del Blind Beggar, acudieron a declarar. Finalmente los Kray fueron  puestos a la sombra y tras 28 y 30 años entre rejas respectivamente, Ronnie Kray falleció de un infarto en 1995 y Reggie Kray en Septiembre de 2000, poniendo así punto y final a la última gran banda organizada en la ciudad de Londres.

Londinenses castizos

Hace ya varios meses que publiqué un artículo sobre los cockneys, esos habitantes del este de Londres con un acento más que particular, y con una historia siempre ligada a la capital y a lo que significan tanto su pasado como sus barrios obreros. Pues bien, de entre todos los individuos que abundan en los confines del East End londinense, los abanderados de esta cultura tan londinensemente auténtica, son los llamados Pearlies, a quienes mencioné en aquel post, solo que muy de pasada.

Este grupo de personas (que a su vez es una organización benéfica) tan llamativo por su indumentaria, la cual describiré más adelante, son a la ciudad lo que los barquilleros callejeros a Madrid, es decir, remanentes de una historia no muy lejana y que se resisten a desaparecer, a la vez que dan sabor a las calles de la urbe y un toque identificativo durante verbenas y festejos.

¿Pero quiénes son los Pearlies y cómo identificarlos? Bueno, primero de todo hay decir que la palabra Pearlies, es la forma plural y abreviada de decir Pearly Kings and Queens, ya que esta agrupación nombra a sucesores cada cierto tiempo, por lo que siempre hay un King (rey) o una Queen (reina) por cada distrito del este y centro de Londres.

Aunque la historia de los Pearlies está un poco difusa, la mayoría de autores parecen coincidir en que el fundador de dicha organización benéfica es un tal Henry Croft, un busca vidas originario (como no) del East End, y que a finales del siglo XIX, decidió ponerse a recaudar fondos para luego donarlos a distintas asociaciones de la zona.

Para ello, su relación con los costermongers (vendedores ambulantes), con los que se pasó media vida, jugó un papel crucial, pues estos fueron quienes le inspiraron para llevar a cabo su solidaria empresa. En aquellos tiempos, los costermongers de distritos como Stepney, Whitechapel o Hackney, solían vestir con llamativos trajes, a la vez que practicaban un lenguaje enrevesado y gracioso que atraía a compradores y curiosos. Era el principio del desarrollo de la Cockney Ryming Slang, la jerga cockney. Esto, y el compañerismo existente entre todos ellos, ayudándose unos a otros en tiempos difíciles y apoyándose mutuamente, hizo que el bueno de Croft se pusiera manos a la obra y empezase a recaudar fondos para ayudar a los más necesitados en los distintos distritos.

Así, para llamar la atención, y siguiendo la moda empezada por los vendedores, empezó a coser botones color perla (de aquí el nombre de Pearly) a todas sus ropas, ya fueses pantalones, chaqueta, camisa o sombrero. Esto le proporcionó una apariencia de lo más llamativa, y en poco tiempo se convirtió en uno de los personajes más solicitados del mercado, hasta tal punto que, al no poder lidiar con la situación por si solo, empezó a recibir las ayudas de vecinos que imitaron su atuendo, dando así comienzo a la tradición de los Pearly Kings and Queens.

Henry Croft, con su traje cubierto por Pearl buttons

A día de hoy, los Pearlies siguen siendo una asociación benéfica, y están presentes en casi todos los eventos de cierta magnitud que se celebran en los distintos distritos del Londres más oriental. Sin embargo, y debido a ciertas desavenencias entre sus miembros, hace años que los Pearlies están divididos en dos grupos The Pearlies y The Pearly Society. Durante las últimas semanas he estado en contacto con una de las integrantes del primero (Teresa Watts – Reina de Clapton) para así conocerla y que me contase algo más sobre la historia de los Pearlies. No ha habido tal suerte, ya que es difícil ponerse de acuerdo en las fechas, pero por sus palabras, parece ser que su asociación es, de las dos, la que intenta mantener los valores que la vieron nacer más firmemente.

Algunos Pearlies durante un festival en Angel hace un mes

 Sin embargo, si alguien quiere ver a estos personajes tan londinenses en vivo y en directo, y luciendo tan brillante vestimenta, qué mejor oportunidad que la que se presenta este Domingo, día en que se celebra el Pearly Harvest Festival, la festividad más importante en su calendario. Dado que existen dos asociaciones, The Pearly Society celebrará su reunión en la iglesia de St. Paul, en Covent Garden, y The Pearlies, en la iglesia de St. Martin in the Fields, junto a Trafalgar Square, iglesia en la que por cierto, se encuentra la estatua en recuerdo a Henry Croft, fundador y pionero de una asociación que, cuestiones filantrópicas aparte, representa un modo de vivir, hablar, y, como no, de vestir.

Viajar en el tiempo

Hace unos días, el mundo se despertaba con la noticia de que un experimento llevado a cabo en un laboratorio de Gran Sasso (Italia), había obtenido unos resultados cuanto menos inquietantes. Por lo visto, y tras la presentación de los mismos en un seminario científico del CERN (Laboratorio europeo de Física de partículas) en Suiza, los científicos italianos sostienen que ciertos neutrinos (partículas atómicas), y según sus mediciones, pueden viajar a una velocidad superior a la de la luz.

Un servidor no entiende mucho de cuestiones físicas, salvo lo que le enseñaron de joven, y a veces ya ni eso, pero lo que está claro es que la noticia ha revolucionado a la comunidad científica, ya que dicha afirmación, de ser cierta, nos acercaría algo más a uno de los sueños más perseguidos de la humanidad: la posibilidad de viajar en el tiempo.

Lamentablemente, y dado que este blog no está enfocado a tratar la vida y milagros de la materia, la energía o el espacio, no me extenderé más sobre el tema. Sin embargo, eso no quiere decir que no podamos viajar en el tiempo. Aunque claro, eso, como siempre, lo haremos a nuestra manera, es decir, explorando otro rincón desconocido de la ciudad de Londres.

En esta ocasión, nos desplazamos a la zona de Tower Hamlets. Aquí, al este de la Torre de Londres y en los aledaños de Cable Street, se encuentra la que es la sala de conciertos más antigua del mundo, la cual, además, mantiene una actividad relativamente constante.

Ayer, jornada de puertas abiertas, tuve la oportunidad de visitar su interior, algo que de lo contrario solo se puede realizar los días en los que se celebra algún espectáculo.

El lugar en cuestión se llama Wilton’s, y fue inaugurado en el año 1858 por un empresario llamado, y como no podía ser de otra manera, John Wilton. De todas formas, la sala se mantuvo abierta apenas 30 años y desde finales del siglo XIX, la propiedad pasó a manos de una Misión Metodista, que regentó el lugar hasta mediados del siglo pasado.

Llegada a Wilton's

Entrada a la sala

Sea como fuere, el lugar es toda una maravilla, y una reliquia de su tiempo que se mantiene como Dios (o John Wilton) la trajo al mundo. Paredes desconchadas que hace décadas que habrían agradecido un par de manos de pintura, suelos irregulares de madera, de esos que al pisar chirrían de tal manera que parece que el edificio entero se va a venir abajo, y un cartel luminoso encima del escenario en el que se puede leer el nombre de la sala, envuelven al lugar de un halo de nostalgia que te atrapa al instante. Incluso la entrada al recinto se encuentra en estas condiciones, lo que contrasta con el resto de las viviendas las cuales, si bien no son un ejemplo de manutención, al menos ocultan muy bien lo de tener más de cien años a sus espaldas.

En el interior del edificio, y antes de entrar a la sala en sí, nos encontramos con el Mahogany Bar, el cual se cree fue un pub en sus inicios, esto es, alrededor del año 1725.

Imagen del Mahogany Bar

Tanto el Mahogany Bar como el Wilton’s Music Hall se encuentran abiertos al público. El primero, por lo general de Lunes a Viernes de 5 a 11 y los días en los que hay espectáculo; el segundo solo abre para espectáculos o tours como el que se realizó ayer. Podéis consultar la agenda de actividades aquí. Para asistir se necesita reservar y pagar el importe de la entrada, el cual varía dependiendo del show, pero si lo que queréis es pasar de gratis, el 4 de Octubre se procederá al visionado de la película “From Cable Street to Brick Lane”, un documental que muestra las tensiones entre distintas etnias e ideologías durante los años previos a las Segunda Guerra Mundial, y que desembocaron en la batalla de Cable Street, de la cual hablé hace un par de meses en este otro post.

Es por tanto una ocasión ideal para visitar esta sala tan antigua como casi desconocida y que hará que por un momento nos transportemos en el tiempo, de una manera mucho más romántica y sin comernos la cabeza por neutrones y neutrinos. Sin embargo, y para aquel que siga dándole vueltas a la física, conviene quizá recordarle una frase del científico Stephen Hawking, y que viene a decir algo así como: “La imposibilidad de viajar al pasado, queda demostrada por la ausencia total de viajeros del futuro en nuestros días”.

Wilton’s Music Hall
Graces Alley
Londres E1 8JB

London Bridge: de Victoria Park al desierto de Arizona

Vaya veranito que hemos pasado por Londres. Y con lo de pasado, me refiero a pasado por agua, siendo la lluvia una constante durante Julio y Agosto. Una pena, porque unos meses que a priori se presentaban inundados de actividades al aire libre como barbacoas, parques, terracitas y demás, se han inundado pero no de gente y por motivos muy distintos.

Ayer no fue una excepción. La lluvia, a veces de forma torrencial, hizo de nuevo acto de presencia especialmente durante la segunda mitad del día. La diferencia, al menos para conmigo, fue que esta vez me pilló totalmente desprevenido, en medio de Victoria Park, en el barrio de Hackney.

Al principio, no era sino un mísero calabobos por lo que no me preocupé en buscar refugio, pero una vez la cosa fue a mayores, decidí que lo mejor sería parapetarme debajo de un árbol y esperar a que escampase.

Parecía abrirse un claro, así que pensé que era el momento de proseguir mi marcha. Craso error, ya que apenas un par de minutos después se desató la más virulenta de las tormentas. Calado en apenas quince segundos, me puse a correr como alma que lleva el diablo en busca de un techo consistente, pues ya ni los árboles protegían de nada. Y fue entonces cuando los vi. Dos pequeños nichos, uno situado a unos veinte metros del otro, y que me ofrecían la salvación instantánea. Aunque lo que primero fue una salvación, estaba por convertirse en el descubrimiento del día.

Y es que para mi sorpresa, y al llegar a ellos me di cuenta, estos dos refugios no eran sino un par de hornacinas que en el pasado habían formado parte ni más ni menos que del antiguo Puente de Londres, aquel que durante más de 600 años ofreció a los londinenses el único paso sobre el río Támesis. Vamos, toda una reliquia que había sobrevivido a varios siglos para encontrarme a mí, en el año 2011, en medio de una tormenta.

La verdad que fue una experiencia cuanto menos curiosa, y es que hablar del Puente de Londres es hablar de uno de los elementos más importantes en la historia londinense. Desde que los romanos llegaran a Londres hace más de dos milenios, ha habido al menos diez puentes cruzando el Támesis sobre el mismo punto donde hoy lo hace el actual, aunque sin duda son tres los de mayor relevancia histórica.

El primero, y principal (del que proceden precisamente los refugios de los que hablaba), fue el construido alrededor del año 1160, y que salvo reformas puntuales, se mantuvo en pie durante unos 600 años como ya he dicho antes. Este puente, sin embargo, se mostraba muy distinto al que cruzamos a día de hoy. Tras su construcción, el rey John decidió que se debían edificar casas en el mismo para así cobrar los alquileres. Así que el puente de Londres no solo era un puente, sino también una calle más con sus tiendas, viviendas y demás. Lo que no había era bares, dada la imposibilidad de construir bodegas, por aquel entonces esenciales para la existencia de cualquier taberna.

Con el paso del tiempo, y el progresivo desarrollo de nuevas viviendas, el espacio intermedio por el que debían pasar carruajes y transeúntes se fue estrechando, llegando a convertir el hecho de cruzar el puente en una odisea de más de una hora. Se cree de hecho, que fue a partir de aquí que se crearon las primeras normas para la regulación del tráfico, obligando a los carruajes a circular por la izquierda ya que así los jinetes, que a menudo golpeaban su látigo con la derecha, tendrían menos posibilidades de sacarle un ojo a alguien al quedar éste en la parte interior de la calzada.

Otra vista que nos habría sorprendido, sino espantado, era la colocación de numerosas cabezas sobre lanzas en el extremo sur del puente, y que correspondían a personas que habían sido previamente ejecutadas. Solo los que habían traicionado al rey vieron sus cabezas saludando a todo el que pasaba, pues ésta era la pena para los que consumaron su perfidia para contra el monarca. La primera cabeza expuesta en el puente fue la del escocés William Wallace.

Imagen de 1682 del Puente de Londres. A la derecha podemos ver las cabezas sobre la torre sur.(Pulsa en la imagen para mayor definición)

A lo largo de esos 600 años, el Puente de Londres sufrió innumerables desperfectos, algunos ocurridos de forma natural, otros provocados por los propios londinenses. Como por ejemplo, distintos incendios en los inmuebles y que fueron parte de las revueltas de campesinos lideradas por Wat Tyler.

Sin embargo, si las cosas sobre el puente tenían mala pinta, no eran mucho mejores por debajo. Y es que en el momento de su construcción, no se tuvo en cuenta la corriente del río, y el elevado número de arcos, junto con su estrechez, hacían que la corriente se acelerase de manera violenta a su paso bajo el puente. Ni que de decir tiene que más de una embarcación, tripulación incluida, se vio engullida por las aguas al pasar por dichos arcos, en una maniobra que se conocía como “Shooting the bridge”.

Finalmente, y tras seis siglos donde incluso sobrevivió a las llamas del Gran Incendio de Londres, en el año 1750 el ayuntamiento de Londres decidió que era hora de un lavado de cara importante, por lo que sacó a concurso la construcción de un nuevo puente, apenas 30 metros al oeste del  Puente de Londres. Unos 90 años después, y ya construido el nuevo, el viejo Puente de Londres fue demolido.

Este nuevo puente de Londres, diseñado por John Rennie, fue inaugurado en el año 1831, y así permaneció hasta que fue sustituido por el actual, inaugurado en 1973 por la reina Elizabeth II.

Como veis, una historia de siglos que me hizo sentir afortunado al encontrarme con estos dos refugios improvisados en los que más de un mendigo habrá pasado la noche en la Edad Media. Sin embargo, si lo que queréis es ver un auténtico resto de aquel Puente de Londres medieval sin desplazaros hasta Victoria Park, podéis dirigiros al King’s Arms, un pub no muy lejos del puente actual (Newcome Street), y disfrutar del magnífico escudo que preside la entrada, el cual fue salvado de la entrada sur del puente, y que muestra el escudo de armas de Jorge III.

Este escudo y las dos hornacinas, son los únicos vestigios de aquel puente, que un día fue vital para el desarrollo de la ciudad, ya que no existía otra manera de cruzar el Támesis cuando se viajaba en un carruaje. Auténticas reliquias que descansan en la ciudad, y que pasan desapercibidas para la gran mayoría. Por cierto, y como curiosidad final, si lo que queréis es buscar restos del segundo puente, aquel construido en el siglo XIX, ni os molestéis. Fue vendido a un magnate americano en el año 1967 y en el año 1971, tras ser transportado sección por sección, fue inaugurado en la ciudad de Lake Havasu, Arizona, donde permanece a día de hoy, siendo la segunda atracción más visitada del estado tras el Gran Cañón. Ahí es nada.

El Puente de Londres en Lake Havasu

Un paseo por Shad Thames y Jacob’s Island

En Londres, los paseos por la orilla del Támesis están a la orden del día. Visitantes habituales,  turistas primerizos, residentes y demás, se dejan ver tanto por su flanco norte como por su zona sur. Además, la multitud de atracciones turísticas que rodean al río lo hacen más apetecible si cabe. Así, los que deciden dar un garbeo por la zona norte, podrán disfrutar de la torre del Big Ben, Somerset House, la catedral de St. Paul o la Torre de Londres. Por otra parte, los que eligen la orilla sur, disfrutarán de toda la zona del Southbank empezando por el London Eye y siguiendo por la Tate Modern o el barrio de Southwark .

Sin embargo, muchos de estos paseos por la orilla sur, suelen acabar una vez se llega al Puente de la Torre, sin que muchos de los allí presentes se aventuren más allá de la frontera que esta maravilla del siglo XIX representa.

Pues bien, con tan solo cruzar la calle, nos encontraremos de lleno en una calle llamada Shad Thames, un antiguo barrio de marineros, antaño repleto de naves y bodegas donde se almacenaban los distintos y exóticos productos traídos desde lejanas tierras como podían ser el té o el tabaco. De hecho, si nos fijamos, muchas de las casas todavía conservan las poleas con las que se izaban las mercancías. Además, suele llamar la atención del visitante, el gran número de pasarelas que cruzan por encima de sus cabezas uniendo los distintos inmuebles. En su día, dichas pasarelas se utilizaban para transportar toneles de una nave a otra haciéndolos rodar por las mismas. Al final de la calle, encontramos el Museo del Diseño, inaugurado en el año 1989.

Vista tradicional de Shad Thames, con las pasarelas cruzando de lado a lado

Pese a que a día de hoy, los edificios han sido reconvertidos en apartamentos y lofts de lujo, y en los bajos encontramos restaurantes para “morros finos” (como el conocido “Le Pont de la Tour”), a nada que ahondemos un poco en la historia de esta zona nos daremos cuenta de que se trata de uno de los barrios con más solera de la ciudad de Londres.

Detalle de una vivienda

El Museo del Diseño

Por ejemplo, y nada más entrar a la calle si se viene desde el Oeste, la primera casa en el costado izquierdo, corresponde a lo que en su día fue The Horselydown Brewery, una histórica cervecera londinense. El origen de la palabra Horselydown, parece estar en “Horse-lie-down”, ya que esta zona era la elegida para que los caballos descansaran antes de cruzar el cercano Puente de Londres.

Tras los pasos de Oliver Twist.

Avanzando por Shad Thames, y una vez sobrepasamos el Museo del Diseño en uno de los extremos de la calle, iremos a parar a un pequeño puente que cruza lo que parece una entrada del Támesis, pero que más bien es un lodazal. Se trata de St. Saviour’s Dock, un antiguo puerto y que es la salida natural al Támesis del Neckinger, un río subterráneo. De hecho, la existencia de un puerto en este emplazamiento no debe extrañarnos, ya que nos encontramos en la zona del río conocida como Pool of London, un lugar donde la gran profundidad del río permite el acceso a naves de gran calado.

Llegada a St.Saviour's Dock

St. Saviour's Dock

Cruzad pues el pequeño puente sobre St. Saviour’s Dock, y os encontraréis en el barrio otrora conocido como St.Jacob’s Island, hoy una zona de viviendas exclusivas, pero una de las peores barriadas de Londres hace un par de siglos, con unas condiciones insalubres. Charles Dickens, quien se dejó caer por la zona en compañía de patrullas de policía de cuando en cuando, la conocía bien, y no dudó en plasmar la realidad que allí se vivía en su famosa novela Oliver Twist. Aquí residía el malvado (y ficticio) Bill Sikes, una muestra de la calaña que habitaba este poblado.

Por suerte, a día de hoy nuestra expedición por Jacob’s Island no requerirá de vacunas, mascarillas o armas con las que defendernos, lo que además nos permitirá disfrutar de una zona bastante tranquila, llena de edificios construidos con el clásico enladrillado amarillento tan característico del Este de Londres, y que en sus fachadas conservan todavía los nombres que hace años se asignaron a los almacenes, hoy, y al igual que en Shad Thames, convertidos en viviendas.

Por tanto un paseo que nos lleva por el sur del río, solo que por un par de barrios que no suelen aparecer en muchas guías, pero que son parte de la historia de la ciudad. Además, con unas vistas que nada tienen que envidiar a las que se disfrutan en otros puntos a lo largo del Támesis.